Hay algo que no por obvio debo dejar de decir: no soy objetivo. Claro, las reseñas no dejan de ser una opinión y, como el culo, cada uno tenemos la nuestra. El primer contacto con esta banda riojana fue en un concierto de San Mateo. Llegaba con unos amigos un poco tarde y, doblando la última esquina, pensaba que andaban todavía de preparativos, con la música que suelen poner antes de empezar el meollo. Nuestra cara cuando vimos a su frontwoman, MJ, era un poema. Qué barbaridad, aunque luego entraré en detalles. Pues encima el batería es hijo del gran López-Pérez, leyenda del Logroñés y uno de los defensas más aguerridos que han pasado por Las Gaunas. La pena que se retiró cuando yo aún era muy nene y todo lo que he visto de él ha sido tirando de videos de internet, pero Juan Carlos Herrero, otro mito viviente y el héroe de mi infancia temprana lo definía así: “ponían a López-Pérez a cubrir a un delantero quince centímetros más alto y le guindaba los balones aéreos. Sería por intensidad o por lo que fuese, pero el delantero no se llevaba ni una.” Si suenan bien y son del Logroñés… que difícil es verles los defectos. Un, dos, tres… ¡ahora!

Todo y más. Con la batería en un ritmo endiablado (como la de Aizpún en A hostia limpia, de los Koma, pero acelerando) entran guitarras y bajo en una melodía puramente rock, con su punteíllo a lo Slash. MJ empieza a una especie de susurro, pero a medida que avanzan las estrofas y en el puente encona la voz, asomando sutilmente la potencia que esconden sus cuerdas vocales. Cuando tiene que sacar músculo vocal (valga la rebuznancia), es capaz de llevarse todas las miradas, ejemplo que te van arrastrando y luego van sacando pecho y llevándose todo, pero también puede mostrar su lado delicado en el todo y más, susurrado casi con mimo.

Dragones. Arranca entre los S.A. de No quiero participar y los Dover de Far, en el Late at night, antes de que se les fuera la pelota. Entrando en las primeras estrofas, por encima de unas guitarras que se desprenden como una lámpara de lava, a lo Tommy Iommi, hay un ingrediente que se repite y es la variedad vocal de MJ, que intercambia versos languidecientes a lo Kurt Cobain con un puente donde saca el octanaje. Interesante las variaciones en la sala de máquinas, un bajo sobrio y grave en contraste con las puyas que tira la guitarra solista.

And I. Llevo siete minutos y parece que llevara meses con este disco. Sin perder su receta, su seña de identidad, esta canción la veo como un homenaje pagano a Zombie, de The Cranberries. La base instrumental es diferente, con las guitarras menos pesadas y un bajo más presente, pero la parte vocal, tiene ese deje de la malograda Dolores O’Riordan. El estribillo es una locura, y lo digo porque he intentado cantarla, bueno, balbucearla, y… MJ hace que parezca asequible. Desde sus registros más graves hasta un grito desgarrado, llegando a ese tono delicado, de susurro a voces, que parece marca de la casa.

 

 

Ahora. Se ponen festivos estos The End. Las guitarras van camino del funk, y la batería, metiendo caja y bombo a mansalva siguiendo el ritmo, derivan a un estribillo de balada con un categorico No te echaré de menos, para retomar un ritmo a lo Queen en Don’t stop me now. El abanico de influencias de estas canciones es inabarcable, y sólo tiro de memoria.

Excuses. Para mí, la mejor del disco. El punteo del inicio te pone los pelos a lo Wayne Static, y la batería… es que lo clava. En las estrofas, tirando de timbal o de tom de piso (para mí es el tom, que suena como el bombo de unas galeras), contrastando con la voz, más aguda, da un efecto parecido a Dover en Sea Witch, para mí una de las mejores canciones que dieron los madrileños y la gran olvidada entre sus éxitos. Igual le hago mucha referencia a Dover, pero es que las guitarras me traen a la mente a Amparo Llanos. Pues en los estribillos, sin perder esa contundencia monolítica, pero poniéndole la tilde con el plato, hace que se pase en un parpadeo.

 

 

Sueños. Cambian ligeramente de registro para irse a una especie de country rock, que en los estribillos pasa a un estado latente, en la guitarra solista, mientras el bajo, encargado del trabajo menos vistoso pero cargando con la batería a sus espaldas, deja espacio para que MJ, filón de esta banda sin menospreciar a nadie, vuelva a emular a Dolores O’Riordan.

KO’S. Si no recuerda levemente a The call of Kthulu, uno de los mejores temas instrumentales de la historia, que me corten la cabeza. Una vez que entran voces, batería a pleno rendimiento… toma un tono más The End, pero si escarbas un poco ves la influencia en la composición. El estribillo es puro rock, un poco de guitarra, potencia de batería, un bajo que marca la línea maestra de la canción y alrededor del que cabalga el resto de ingredientes y la omnipresente voz de MJ.

Sangra. La más coreable del disco. Jeremy o Evenflow, de Pearl Jam, en las retinas, sobre todo la segunda. Las estrofas van descolgándose poco a poco, hasta el estribillo, donde el ¡Sangra! Pone en pie hasta al más pintado. Viéndolos en directo fue cuando nos rindieron, incluido el mentado López-Pérez, que andaba grabando con el móvil en un gesto entre orgulloso e incrédulo. Muy necesarios estribillos así para conectar con gente que no ha escuchado nada antes de verte sobre las tablas.

Crisis. El bajo tiene la misma aura que el de Rosenrot, de Rammstein (que son alemanes, broma privada), y con la voz crean una base donde se suman guitarra solista y batería contundente. Es la receta de la banda, contundencia en sala de máquinas, guitarras distorsionadas, pero sin locuras y dejar que MJ aporte la magia. Qué chorro de voz tiene.

Mapas. Cierto tono en los primeros acordes al Hero of the day, hasta que la batería hace la entrada. La canción, en su parte instrumental, inicia un crescendo sin final, con una guitarra solista a lo Red Hot Chili Peppers.

 

 

Santo y seña. Se nos escapa el disquito entre los dedos, y lo hace con la batería pateando traseros, con los trallazos a la caja acompañando los riff. El estribillo pierde un poco de contundencia en pos de ser más melódicos, bajando el tempo para dar más espacio a las voces, o tal vez sólo para contrastar una parte y otra de la canción.

En medio del concierto y en mi opinión acertando en la decisión, intercalaron el We’re not gonna take it de los Twisted Sister (el huevos con aceite de toda la vida). No era una versión tributo, la banda se llevó la canción a su terreno y nos hicieron gritar a pleno pulmón. En resumen, buena voz, solidez instrumental y personalidad a la hora de componer, ni fotocopian su receta ni copian canciones ajenas. ¿Qué más se les puede pedir a estos The End?

Antes de terminar tengo que hacer una corrección. He fusionado dos músicos en uno. Iñaki Diez fue el batería que grabó el disco, y Javi, el susodicho hijo de López-Pérez, es el que lo defiende sobre las tablas con dignidad y dándole su toque personal.

Si te mola la banda o quieres probar a López-Pérez en un balón aéreo, enlaces de contacto.

 

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