Aprovechando una visita a la vinícola zona de la Ribera del Duero, acabamos comiendo en este templo de la cocina castellana como es el Lagar de Isilla, que se encuentra en la burgalesa Aranda de Duero, en el centro de la villa, en plena calle Isilla, justo al lado del hotel que lleva su mismo nombre.

Local amplio, pero donde es necesario reservar, pues se encuentra casi siempre lleno y donde tras pasar su enorme barra se llega al restaurante donde lo primero que vemos es su imponente horno de leña, donde asar los lechazos y corderos lechales en leña de encina.

Una vez sentados y observando su carta, nos decantamos por su menú “Tierra de Sabor”, donde lo que prima es el producto a partir de ingredientes de la Comunidad castellano leonesa, con una serie de entrantes, el plato fuerte y el postre.

El ágape comenzaba con un lomo de sardina ahumado con endivias a la vinagreta, frutos secos y queso de burgos. Una rica ensalada donde el pescado se erigía en protagonista. Se continuaba con una mousse de foie recubiera de chocolate blanco acompañado de una mermelada de frambuesa y guacamole con su pan de especias para untar. No estaba malo, ni mucho menos, pero el chocolate deslucía el plato y a unos amantes del foie, como era el caso de los comensales, no nos terminó de convencer. Mejor el bombón de morcilla de Aranda con pimientos, recubierto de almendras e interior de compota de manzana. Muy, muy bueno. Y ahora que estamos en tiempo de setas, nada mejor que finalizar con unos boletus plancheados con sal Maldón. Todo ello maridado con un Vegazar rosado de la Ribera del Duero que cumplió el trámite sin problema, sobre todo en sus dos últimos platos.

Una vez superados los entrantes llegaba lo que todos estábamos esperando, un lechazo al horno con el solo acompañamiento de una ensalada verde. Recordamos que el lechazo o ternasco es el cordero que todavía mama o ha dejado de hacerlo hace poco tiempo. Por supuesto, todo el producto tiene su denominación protegida. Su forma de asar es la tradicional introduciendo el animal con agua durante una hora y tres cuartos en el horno de leña que mantiene unos 200 grados. El resultado no puede ser otro que una delicia para el paladar, deshaciéndose en el plato y en la boca, pleno de sabor. Para acompañar nada mejor que un tinto de la Ribera del Duero. En este caso el de su propia bodega, El Lagar de Isilla crianza que consiguió la simbiosis perfecta entre plato y vino.

El postre, en estos casos suele sobrar, pero la verdad es que estaba sublime. Una tarta de bizcocho con nata y una lasca de helado. Suave y esponjoso y con la nata natural, nada de botes como abundan por muchos lugares. La pena es que el Pedro Ximenez que lo acompañaba no era nada del otro mundo. Y mucho más para el firmante que proviene de una zona donde esta uva es una de las reinas y donde se embotellan algunas absolutas obras maestras de este maravilloso vino dulce.

Y de regalo, tras los cafés y los digestivos, bajamos a la bodega que tienen en el subsuelo del restaurante. Una empinada bajada que conduce a un trozo de historia de Aranda y de la Ribera del Duero, donde comprobamos como se hacía el vino no hace tanto tiempo y como conservan sus caldos a la temperatura exacta, lo que hoy en día es un privilegio, sin necesidad de neveras ni humedades artificiales. Todo tan natural como los maravillosos asados que contemplan a este restaurante que recomendamos. Sin ninguna duda.

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