El trabajo dignifica

Publicado el 22/10/2017 | por admin | En Papel

Cuando el trabajo es un placer la vida es bella. Pero cuando nos es impuesto la vida es una esclavitud.

Máximo Gorki

Resulta deprimente la cantidad de basura que uno tiene que tragar para ganarse la vida. Siempre he pensado que 850 euros no compensan verte privado de tu tiempo libre, sonreír como un hipócrita delante de tus jefes y aguantar a todo tipo de capullos (compañeros, clientes, desconocidos) a diario. Yo lo tengo completamente claro: en mi próxima vida quiero ser como Garzón.

Todo empieza con una entrevista. Evidentemente, cuando te ofrecen el trabajo, aceptas de inmediato. Conozco a mucha gente (la mitad de los habitantes de mi barrio) que la idea de ganarse la vida de forma honrada sin tener que recurrir al tráfico de estupefacientes le resulta un horror. Lo entiendo: es mucho más sencillo vender chocolate, coca y pastillas en una esquina, sin horarios ni superiores de ninguna clase, que trabajar a brazo partido catorce horas en un restaurante por el salario mínimo. Puede que por ello las barriadas que rodean Santa Cruz y La Laguna tengan el índice de desempleo más alto de Tenerife.

La entrevista sale bien y consigues el curro. ¡Estupendo! Ahora formas parte de una importante compañía con alcance a nivel nacional. Tal como está el patio con la puta crisis, estás a punto de ir caminando a Candelaria a poner unas flores a la Virgen. La entrevista es un lunes y te han dicho que te incorporas el miércoles para recibir un curso de “formación”. Las condiciones son las siguientes: nueve horas diarias (una de descanso) durante siete días seguidos. Turno de mañana: 07:00/16:00. Turno de tarde: 16:00/01:00. Una semana de mañana y otra de tarde. Quince días de prueba. Tres meses de contrato con posibilidad de ampliarlo hasta seis. Al llegar al medio año a la puta calle: no está la cosa para dejar fijo a nadie. Sueldo: 904 euros con plus de nocturnidad. Funciones laborales: cajero, frutero, chica de la limpieza, reponedor, panadero y todo lo que surja.

El curso de formación dura doce horas divido en dos días (que no cobrarás). Te encierran en un cuartucho lleno de mercancía delante de un ordenador y aprendes con un programa que (tal como descubres luego) lleva obsoleto desde hace cuatro años. Realizas el curso, te dejan una camisa con el logo de la empresa (tardan dos meses en proporcionarte un pantalón de mujer (no había de hombre) y unas botas de seguridad que te dejan los pies baldados y llenos de llagas. Cuando pides unas nuevas la encargada te dice: «Si te duele, te fastidias» y te ponen en la caja al día siguiente. Nadie te ha explicado nada en vivo y en directo. Tienes que improvisar sobre la marcha, aprender todo aquello que no aparece el curso y lidiar con los clientes. Como es lógico, el supermercado consta con el personal mínimo (dos/tres personas por turno) y nadie tiene tiempo de indicarte cómo tienes que hacer tu trabajo. Tienes tres cámaras de televisión vigilándote todo el día, un teléfono para ponerse en contacto contigo desde el despacho de la jefa y una fotocopiadora que no funciona como Dios manda. Por cierto, cada fotocopia cuesta 25 céntimos. No olvides comunicárselo al cliente si no quieres que se mosquee a la hora de pagar. La máquina de tabaco no acepta monedas de veinte ni de cincuenta céntimos y, como de costumbre, nunca tiene cambio por qué todo el mundo paga con euros.

El primer día te cae la bronca porque te dicen que cuando no hay clientes tienes que estar operativo. Lo que hagas, es irrelevante. Lo fundamental es tener las manos ocupadas. Solución: frentear la tienda, limpiar el mostrador, metear productos, reponer el tabaco, barrer el suelo, colocar revistas… Tienes que improvisar sobre la marcha. Lo importante es que la jefa, siempre que mire a las cámaras, te vea activo. La caja es una mierda: no tienes la opción de ver los artículos que pasas por el escáner y existen una treintena de productos que necesitan código para poderlos cobrar. Evidentemente, nadie te comenta nada de lo anterior y cuando te toca pasar un saco de papas no puedes hacerlo. La cola se paraliza (han hecho hincapié que no puede haber cola por ningún motivo del mundo) en lo que el encargado de turno soluciona el problema. Ignoras que la misma escena va a pasarte otras cien veces, como mínimo.

La jefa es una solterona amargada, sin marido y sin hijos, a la que le han lavado el cerebro por completo, capaz de vender a cualquiera de sus empleados por un plato de lentejas. Nunca te ofrecerá una palabra de ánimo, ni una felicitación, ni siquiera una sonrisa. Entra a las diez de la mañana y se marcha a casa a las doce de la noche pasadas. Vive por y para el trabajo. Todo el día está encerrada en su despacho, controlando su pequeño universo desde las cámaras, realizando pedidos y revisando albaranes. Cuando está aburrida, cambia la mercancía, los expositores y las máquinas de sitio. ¿Los motivos? Incomprensibles para todo el mundo, incluidos los veteranos que llevan al pie del cañón desde que abrió la tienda. Lo mejor que puedes hacer es cerrar el pico, esbozar una sonrisa y pasar completamente desapercibido. La gran pregunta: ¿por qué eligen a este tipo de mujeres para asumir cargos de responsabilidad? Supongo que, como tienen que lidiar con hombres, se transforman en unas zorras para que ningún listillo se les suba a la chepa. Los compañeros, por una vez en la vida, son buena gente. Todos están hasta los cojones de la empresa y si encontraran algo mejor, no dudarían ni un segundo en levar anclas y desaparecer del mapa. Interiormente, los admiras por tener la paciencia de soportar tanta mierda durante tanto tiempo. En tu caso, como nunca has tenido un contrato fijo, ignoras si serías capaz de hacerlo.

Un detalle acerca del cliente: siempre tiene prisa. Suelen ser personas mayores, con sus rarezas y manías, a las que tienes que seguir el rollo lo mejor posible. Ten cuidado con el tipo de las gafas que viene a comprar todos los días, si cometes el error de ofrecerle una bolsa la tomará contigo, pondrá una reclamación y no querrá que vuelvas a atenderlo. Querrás mandarlo a tomar por culo pero es cliente fijo; no te queda más remedio que aguantar sus chorradas. Existen tres franjas de horarios claves. En el turno de mañana, la gente aparece a comprar entre la una y las tres de la tarde. En el turno de tarde, la gente aparece entre las siete y las diez de la noche. En el turno de noche, los capullos aparecen a comprar tonterías (galletas, papas fritas, refrescos, yogures, etc) a la una menos cinco de la mañana. Un detalle: si fichas antes de tu hora o te olvidas de hacerlo puedes sufrir una amonestación por parte de la empresa e incluso perder el sueldo de la jornada en cuestión. Si trabajas once horas no pasa nada pero si sales tres minutos antes ten por seguro que tendrás problemas. Graves, todo hay que decirlo.

Los fines de semana, como no hay ningún establecimiento abierto, trabajas como un troyano. Llegas a ser como Dios: omnipotente. Cuando te das cuenta, estás en caja, en panadería, en frutería, reponiendo mercancía, limpiando y tirando la basura, todo a la vez. Cada vez que sales de la caja para hacer cualquier cosa, no han pasado ni cinco minutos, cuando te están llamando para que vayas a cobrar. Resulta un poco complicado colocar un palé de mercancía de este modo pero, como has aprendido, improvisas sobre la marcha. No hay un empleado fijo que se ocupe de la panadería, por consiguiente, te ha caído el muerto. Tienes una docena de panes de diferentes tamaños, formas y precios. La bollería también entra en el paquete: hay que hornearla, decorarla y meterla en los blisters. No has realizado un curso como el como el resto de los compañeros, tienes que improvisar sobre la marcha.

Con el paso de los meses, conforme vas conociendo a los clientes, descubres a un grupo de xenomorfos como los que aparecen en Alien el octavo pasajero. Suelen ser chicos jóvenes, entre veinticinco y treinta y cinco años de edad. Van vestidos de forma informal, el pelo hecho un Cristo y sin afeitar, con los ojos enrojecidos por el efecto de los canutos, cuyas compras siempre son idénticas: tabaco, priva y papelillo. Por su apariencia descuidada, bohemia por decirlo de algún modo, tienes la sensación de que no han trabajado en su vida. ¿Acaso son una especie nueva como los mutantes de la saga X-Men? ¿Pueden vivir del aire gracias a sus superpoderes? Misterio, jamás obtendrás una respuesta.

Entonces, llegas a la conclusión de que aspiras a algo mejor en la vida que trabajar de cajero en un supermercado. A los tres meses te renuevan, pero el sabor de la victoria es amargo. No ves futuro, ni posibilidad de progresar, ni ascender, ni aumentar tu sueldo. Eres un peón, un cero a la izquierda, una pieza del tablero fácilmente reemplazable. Empiezas a perder la esperanza y solo deseas que tu contrato termine lo antes posible. Te presionan, constantemente, para que des lo mejor de ti mismo por un salario miserable. El calendario no engaña: Navidades, Reyes, San Valentín, Carnavales, Semana Santa, Puente de Mayo, día de Canarias, etc. En España se trabajan quince días mensuales, el resto son de ocio y descanso. Con razón el país se encuentra hundido en la miseria: todo el mundo preferiría quedarse en casa tocándose las narices antes de dar el callo como hijos de puta.

La empresa decide modernizarse y realiza un lavado de cara a la tienda. Durante siete días se realizan obras y se cambia toda la mercancía de sitio. Jornadas laborales de doce horas diarias. Limpias, montas expositores, quitas antiguos precios, retiras el viejo logo de la empresa. Aunque la tienda esté en obras y hayan apostado a un vigilante en la puerta, los clientes no se han dado cuenta de las novedades y pretenden pasar a comprar. Como comprenderás, dejan la fotocopiadora y la máquina de tabaco de antaño: no es cuestión de gastar dinero en modernizar reliquias. Después de una semana en los que te han quitado dos días libres (que nunca te devolverán y mucho menos cobrarás) estrenan la tienda un domingo. El burdel está lleno de polvo, hiede a pintura, nada de uniformes nuevos, faltan la mitad de los precios y no sabes cómo manejar la caja con pantalla táctil que instalaron el día anterior. Solo falta que llueva mierda del cielo… ¿Qué puedes hacer? Improvisas sobre la marcha y rezas para tus adentros para capear el temporal lo mejor posible.

A partir de ahora, para ahorrar guita, la mercancía no viene en un solo viaje. La novedad es aplastante: cada proveedor traerá sus productos por separado. Como eres un empleaducho, te libras de tener que atenderlos Veinte, treinta, cuarenta proveedores, la tienda llena de gente, un solo empleado en la caja y la panadería vacía cada dos por tres. Huecos en los lineales y precios incorrectos que no se han molestado en modificar en Caja Central. Dios te libre de cobrar un paquete de macarrones a ochenta céntimos cuando cuesta setenta y cinco. El cliente volverá a la tienda hecho una furia porque le has estafado ¡cinco céntimos!; el mismo que acaba de gastarse cincuenta y cuatro euros en tabaco, todo hay que decirlo. Tu respuesta: «Tome los putos cinco céntimos y que le den por el puto culo, puto subnormal». ¿Repetitivo? ¡Claro! ¿Por qué no?

Tu cliente favorito: un dentista con muy mala hostia que aparece por las noches cinco minutos antes de cerrar la tienda para comprar un cartón de Kruger. Es un gordo estúpido, borde, maleducado y desagradable. El primer día pone las cartas sobre la mesa y cuando le ofreces una bolsa (procedimiento estándar con todos y cada uno de los clientes) te dice con un tono de voz insultante: «Cuando quiera una bolsa se la pediré». Durante un segundo, tienes ganas de agarrarle la cabeza y romperle los dientes contra el mostrador. Callas y sonríes. Cuando se pira, mientras te dura el cabreo, un compañero te cuenta que el colega está enganchado a las máquinas tragaperras y que después de divorciarse se volvió maricón (llamarlo homosexual sería una afrenta para el colectivo gay). Ahora lo entiendes todo: otro amargado que va por la vida soltando su basura verbal y jodiendo a todo el mundo. Durante seis meses lo viste reír una única vez: bromeó con un niñato trancado de gimnasio mientras pagaba sus compras. Por su expresión, se le hizo el culo Coca-Cola. Fijo que quería empujarle la caquita al chavalín. ¿Por qué no liquidan a este tipo de personajes de un tiro en la nuca? Sería un acto de caridad, al fin y al cabo, elementos de esta calaña (en mi humilde opinión) sobran en nuestra sociedad.

Todo ha terminado. Cuando te echan a la calle, sin finiquito ni indemnización, piensas: el trabajo dignifica al hombre…

Autor:

Alexis Brito Delgado (Tenerife, 1980). Escritor, amante del cine y fanático de David Bowie, los Smiths, Iggy Pop, Nick Cave, Depeche Mode, la Velvet Underground, R.E.M. y The Verve, entre muchos otros. Autor de las novelas “Soldado de fortuna: Las aventuras de Konrad Stark” y “Gravity Grave”.

Sobre el autor

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