Hay dos tipos de conciertos de Morrissey. Los que casi suceden y los que, finalmente, suceden. El del 14 de marzo de 2026 en la sala Mozart del Auditorio de Zaragoza perteneció a la segunda categoría, lo cual ya es empezar con una pequeña victoria moral para el público local. Porque conviene recordar que, apenas 2 días antes, el bardo de Manchester había protagonizado una de esas cancelaciones súbitas que forman parte de su leyenda: la espantada en Valencia dejó tirados a fans, promotores y a los camareros con las cervezas a medio tirar. De modo que cuando las luces se apagaron en Zaragoza, más de uno suspiró con alivio: bien, al menos hoy ha venido. No es poca cosa tratándose del caprichoso e imprevisible Morrissey.

Antes incluso de que apareciera la banda, el ritual ya estaba en marcha. En la pantalla de cine que presidía el escenario se proyectaron, antes y durante el concierto, una sucesión de imágenes y canciones que parecían funcionar como una especie de autobiografía emocional del propio Morrissey: fragmentos de viejas películas, iconos pop y obsesiones personales. Por allí desfilaron rostros y mitologías que llevan décadas orbitando en su imaginario: Marlene Dietrich, Oscar Wilde, Brigitte Bardot, Judy Garland, The New York Dolls, The Runnaways, Marianne Faithful o David Bowie. Y, por supuesto, esa imagen icónica de Alain Delon en Rocco y sus hermanos que acabaría convertida en portada de esa joya pop llamada The Queen Is Dead (1986). Un collage sentimental que parecía decir: esto es lo que me hizo a mí ser cómo soy.
El concierto arrancó con “Billy Budd”, un comienzo musculoso que puso a trabajar de inmediato a una banda sólida, disciplinada y profesional, de esas que parecen saber exactamente lo que tienen que hacer sin necesidad de mirar demasiado al jefe. Una formación solvente —con notable presencia femenina— que funcionaba como una maquinaria perfectamente engrasada. Y en medio, Morrissey. Morrissey estuvo profesional, correcto, incluso ocasionalmente divertido. Pero difícilmente se podía hablar de un animal escénico o un artista poseído por la expresividad. Más bien parecía estar cumpliendo el expediente. La voz, hay que decirlo, estaba en muy buen estado. Ese barítono que suena como si hubiera pasado por una escuela de dramatismo británico seguía allí, capaz de elevar cualquier melodía hacia ese territorio donde la melancolía se convierte en himno intergeneracional.
La sala Mozart demostró no ser el hábitat natural de un concierto de guitarras eléctricas. Desde algunas zonas el sonido resultaba algo confuso, con cierta reverberación que difuminaba las guitarras y convertía algunos pasajes en una sopa sonora ligeramente borrosa. No era un desastre, pero tampoco el paraíso acústico que uno espera para canciones que deberían sonar cristalinas. Quizá la sala Mozart es demasiado educada para según qué miserias emocionales.
El setlist navegó con soltura por la dilatada carrera en solitario del cantante. Sonaron piezas tan celebradas como “Suedehead”, “Irish Blood, English Heart”, “The Bullfighter Dies”, “First of the Gang to Die” o “Everyday Is Like Sunday”, todas recibidas con entusiasmo por un público que parecía conocer cada sílaba. Hubo también espacio para el presente. Morrissey se detuvo en tres canciones de su correcto último álbum, publicado hace apenas una semana: “Notre-Dame”, “Make-Up Is a Lie” y “The Monsters of Pig Alley”. Buenos temas que el público escuchó con curiosidad respetuosa, aunque sabiendo que la verdadera comunión vendría después. Porque inevitablemente llegó el momento de mirar atrás.
Cuando irrumpieron los clásicos de The Smiths, la sala aumentó drásticamente de temperatura. “How Soon Is Now?” sonó como la llamada a una misa negra para generaciones enteras de melancólicos. Y entonces llegó el final con una “There Is a Light That Never Goes Out” directamente orgásmica, coreada por una sala completamente entregada, con Morrissey arropado por un público que cantaba como si el cantante fuese el terapeuta sentimental que nunca pudieron permitirse. Hubo todavía tiempo para el ritual final: Morrissey se quitó la camiseta (una tradición cuyo sentido sigue siendo un pequeño misterio para mí) y permitió que una fan subiera al escenario para abrazarlo, escena que él aceptó con educación británica y entusiasmo más bien nulo.
Y entonces, tras hora y media, se acabó. La banda se retiró, las luces volvieron lentamente y quedó flotando en el aire una sensación curiosa. No fue el concierto del siglo. No fue una noche particularmente incendiaria. Pero ocurrió algo mucho más improbable. Sí. No lo hemos soñado. Morrissey finalmente actuó en Zaragoza.


















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