Vi una vez a una mujer tan amable y sonriente, tan maltratada, que el juez no la creía, porque la única respuesta adaptativa que le quedaba era el amor. Un amor que manaba a borbotones sin medida, sin distinción. Como el de los árboles que ofrecen su oxígeno a cualquiera sin preguntarse quién está bajo su sombra.
Bienvenidos a la nueva era del amor que algunos predican. Un amor obligado obispalmente que no distingue ni se plantea su merecimiento para que los demás se conecten a él como a una fuente de combustible que ha sido minuciosamente trabajada durante décadas como para abastecer a cuatro frívolos preparados para llenarse las venas de este maná tan preciado.
Una mano en el hombro siempre anima a que continúes, y enseguida olvidas. La mayoría del mal amor lo ejercen los asesorados. Son la cuchara perdida entre la muchedumbre, condicionados por el premio de llevarte el caos a una mesa, donde, distanciado, tragas inexistencia para compensar tu deshabitada alma.
El amor, el verdadero, es decir; primero me gustas, luego te quiero, y, por fin te amo. Y cuando pasa el tiempo, al revés: te amo; en realidad, te quiero: pensándolo bien, te estimo bastante, que dicen Les Luthiers. No, esto no es así.
El amor nace de todo, lo busca todo, lo promete todo, lo da todo. Pero como fuente involuntaria que es. Es decir, el amor es estar enamorado. No poder dejar de estarlo. De una cosa o de otra, de una persona o de otra, de una idea o de otra. El amor de verdad, es lo que mueve el mundo. Sin él, el mundo se detiene. Es el deseo de unión total. No el deseo de desunión total y sangrante.
Es un deseo que no es lineal, porque las circunstancias provocan que sea un flujo intermitente; circunstancias provocadas por los enemigos del enamoramiento. El amor les gusta, les gusta. El enamoramiento no. La obligatoriedad de quien impone amar se reconoce enseguida en el martirio de quien está protegiendo un sueño. ¿Qué bicho es ese? Pregunto intuitivamente con el tono suave para no herirlo con mi curiosidad.
Hasta que pasó cerca. Con media sonrisa, la espalda derecha, exponiéndose altivamente; no, nunca fue fácil ser juzgado por la fila humana que exige más y más. Fingía prescindir de admiración o piedad. ¿Por qué hace usted esto? ¿Por qué no un perro de verdad entonces? ¡Pues los perros existen! Usted tritura a una rosa si la aprieta con excesivo cariño.
Astillar el silencio en palabras es una de mis torpes maneras de amar en silencio. Sin querer rompo el silencio matando lo que comprendo.




















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