Morgan volvió a demostrar anoche en Zaragoza que es una gran banda jugando en campos que se les quedan pequeños. El concierto fue emocionante, elegante y sostenido siempre por algo que no abunda: canciones de verdad. No necesitan fuegos artificiales porque su repertorio respira por sí solo.

La clave volvió a ser Nina de Juan. No solo por la voz —que sigue siendo uno de los instrumentos más expresivos del panorama nacional— sino por su manera de estar. Entre tema y tema dejó ver sus pequeñas inseguridades con una naturalidad desarmante: continuos agradecimientos al público, sonrisas tímidas y miradas cómplices a la banda. Lejos de restar autoridad, su honestidad la engrandece. Su simpatía no es impostada; nace precisamente de mostrarse vulnerable. Pero cuando se siente segura, cuando decide apretar, el Teatro de las esquinas se derritió. No era para menos. Temazos como Blue eyes, Jimador, Cruel, Radio o River no está al alcance de cualquiera, el efecto que provocan en el respetable tampoco. El funk de Another road volvió a encender la noche para acabar el show por todo lo alto. Conexión plena con un público que aceptó la propuesta y se vino arriba en un concierto que acabó en fiesta.

En directo Morgan funciona como un mecanismo preciso: las guitarras de Paco López siguen bebiendo de Gilmour aunque se abre cada vez más a nuevos sonidos, los teclados envolventes de David Schulthess y la batería siempre precisa de Ekain Elorza forman un sonido compacto pero versátil. Para esta gira Morgan han incorporado en directo a los hermanos Willy (bajo) y Gabi Planas (percusión/guitarra española). Eso sí, eché de menos las coristas que llevaban en su anterior visita.

Si el mundo fuera justo, Morgan serían número uno y llenarían estadios. Morgan tienen talento, oficio y, sobre todo, buenas canciones. Anoche en Zaragoza demostraron algo importante: están preparados. Cuando en éxito masivo les alcance, no habrá Teatro de las Esquinas que los contenga.























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