Si no tenemos bastante con el gusano conquistador, ese animal sin ojos que nos hace despertar a una ciencia del dolor como única sabiduría posible; asesorando como pago a mucho cómodos, (como el emperador de Gladiator), tenemos a los invasores de cuerpos. Esos que hacen creer en un principio que luchamos contra nosotros mismos, para descubrir con el tiempo, que lo hacemos por nosotros mismos.
No es un aspecto solamente mental, porque afecta también al gesto. De la misma manera que un buen adolescente, se vuelve desustanciado a veces, algo que molesta enormemente a las chicas; que descargan con placer y sin piedad sus propias armas contra ellos, —y tienen razón—, nuestro gesto se ve afectado por esas leyes sin amor que son pirateadas por desalmados que juegan a ser Dios frívolamente.
Desordenan el mundo. Y esto no pasa solo en la adolescencia. Nuestras emociones son movidas secuencialmente de manera progresiva como un cambio de marchas automático que transmite y fuerza nuestra energía hasta conseguir una palabra o un movimiento no pensado ni deseado si no somos conscientes de nuestro conductor de avatar. Hasta pedos se escapan con la excusa de la vejez. Con esta edad pasa de todo. Y esto no pasa solo en la vejez.
Hay que estar alerta, hay que estarlo. No podemos descansar en la fe de una vida más allá de esta, aunque exista. Porque nos tenemos que preparar para no estresarnos en ella; si no queremos volver, desmemoriada el alma, aquí, otra vez.
Me siento tan excepcionalmente bien, como si algo se mantuviese a la fuerza sobre mí. Tengo la sensación de estar en movimiento, una repentina sensación de libertad. De otra forma, en otro ángulo, también sucede que se nos sustituye el ser, interiormente. Volviéndonos como un repetidor de exabruptos para entrenar así los impulsivos resortes de esas mentes inquietas que gustan de la batalla; a la vez que nuestro corazón lo siente todo. Y nosotros, mudos, sucios y sordos, aguantamos.
Ignoro los motivos por los que un cuerpo es elegido, pero intuyo que tiene que ver con un asunto del corazón, con un asunto relativo a los asesinos de la luna. Les molestan los apaches, sobre todo los comedidos. ¡Jao! Pero la luna siempre mira, siempre mira. Lo mira todo mientras escribo estas líneas. La luna es muy necesaria en estos casos. Se puede tomar a cucharadas, es buena como hipnótico o sedante y también alivia a los que se han intoxicado de filosofía. Es mejor amuleto que la pata de conejo y te hace rico sin que nadie lo sepa. También es necesaria para que el amor sea solo cosa de dos.
En el amor, y menos en el amor sexual, no hay nada que sea solamente físico: todo está atravesado por los mismos vaivenes de un columpio, —casi siempre en las alturas— que solo desciende con un sobresalto en el estómago para volver a elevarse sin parar.
En el amor, y menos en el amor sexual, no podemos quedarnos solamente en el cuerpo, aunque solo busquemos el hermosísimo cuerpo solo del otro: siempre encontramos algo más que, sin ser ya del cuerpo, aumenta nuestra sensación, nuestra posesión del cuerpo. Como un lenguaje recién descubierto que entra y no sabemos hablar. Como si nunca nos hubieran hablado de ese modo, acompañándonos. Y al hablarlo se reajustan los cuerpos de tal manera que son obligados apachemente a compartir esa pipa de la paz que va mudando de boca a boca hasta el éxtasis mayor.



















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