Si un concierto arranca con “Rumble”, aquel instrumental amenazante que Link Wray lanzó en 1958 y que fue censurado a pesar de no tener letra, ya sabes que la noche no va a ser amable. Va a ser eléctrica. Va a oler a válvulas calientes. Y si quien empuña la guitarra es Javier Vargas, cada nota no suena: impacta. Dispara. Y aunque el volumen sea atronador, lo que queda en el aire es algo parecido a la gloria. Y Vargas blues band ayer repartieron gloria.

Al frente, Javier Vargas. Un guitarrista que no necesita correr porque sabe exactamente a dónde va. Su virtud no es la pirotecnia —aunque pueda permitírsela— sino el control. Ese fraseo largo, casi conversacional, que convierte cada solo en una pequeña tesis sobre cómo se debe tocar el blues cuando ya no tienes nada que demostrar. En salas como esta, suenan las imperfecciones. Y ahí es donde se distingue al guitarrista competente del que manda. Vargas manda.

En la voz, Bobby Alexander. No es un animal escénico. No da saltos, no sobreactúa, no invoca clichés. Canta. Que ya es bastante. Su garganta tiene esa aspereza honesta que el blues exige y que el marketing no puede fabricar. No incendia el escenario, pero lo mantiene ardiendo con constancia. A veces eso es más difícil.

Detrás, Luis Mayol y Peter Kunst ejercieron de columna vertebral sin pedir aplauso específico, que es como deben trabajar las buenas secciones rítmicas. Entre ambos generaron ese “rollazo” que muchos persiguen y pocos consiguen, ese equilibrio entre músculo y contención que evita que el blues se convierta en caricatura de sí mismo.

El repertorio fue un festín para devotos del blues con solera y del rock que huele a madera vieja, desierto y carretera. La interpretación de “Born Under a Bad Sign” de Albert King fue directamente brutal: densa, musculosa, sin concesiones. Temas propios como “Conductores Suicidas” —escrita junto a Joaquín Sabina—, “Whisky, Women & Wine” o “Barrio Blues”, adelanto de su nuevo trabajo homónimo, demostraron que la banda no vive de rentas ni de nostalgia.
La noche era ventosa en Zaragoza. Jueves de esos en los que uno podría haberse quedado en casa. Pero dentro de la Sala Z el aire era otro: más denso, más eléctrico, más humano. ¿Qué más se le puede pedir a un jueves cualquiera de febrero en Zaragoza?






















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