Es inverosímil que pueda escribir estas palabras merodeando a la cárcel de fuera, ese lugar al margen de la sociedad que no entiende de patrias y descansa en el abismo repleto de sondas buscando a Dios y al misterio de la vida con más empeño que los que malviven dentro de ella; que no tienen más remedio que encontrárselo.
La cárcel de fuera nace contigo y no tiene ventanas, pero enfrente de ti está la vida. Una vida que no puedes tocar, ni oler ni saborear. Pero lo más incomprensible es lo que sucede dentro de ella. Esos tormentos a los que es sometido el personal, de manera que los padecimientos pasan a ser parte del pasado a la velocidad del desvanecimiento, como esas imágenes que resbalan dentro de la pupila de la pantera encarcelada de Rilke.
En esa cárcel hay todo un laboratorio de pruebas con situaciones que se provocan, para, caprichosamente, ver qué sucede. Cuál es la siguiente transformación que nos llevará a otra respuesta sin riesgo. Y el aire que lo rodea son desesperanzas.
Sin embargo, aunque aparentemente uno no se encuentre en la vida, está en la vida. Lo está, lo está. El corazón, esa llama que viene con nosotros registra todo a su paso. Incluso es apagado, a veces, solo para ver qué pasa. Con él queremos a la familia, a los amigos. Con un amor reflejado en la idea de lo que es el amor del otro. Así, nuestro propio amor vuelve a nosotros; y nos creemos en la vida sin la vida.
En la cárcel de fuera uno mira la espuma de un mar que no existe, su delicadeza, —tan distinta a la de la ceniza— como quien mira una sonrisa, aquella por la que da su vida y le es fatiga y amparo. Este es el momento bronco y bello del uso, el roce, el acto de la entrega creándola. Como ese mismo dolor encarcelado del mar que se salva en fibra tan ligera.
Bajo nuestra quilla estelar, frente al dique, donde existe el amor surcado, como en la tierra la flor, nace la azul espuma sideral. Y es en ella donde rompe la muerte, es en su madeja donde el mar cobra ser, como en la cima de su pasión el hombre es hombre, —fuera de otros negocios— en su leche viva.
A este pretil, brocal de la materia que es manantial, no desembocadura, el poeta encarcelado se asoma ahora, —cuando la marea sube— y allí naufraga, se ahoga muy silenciosamente con entera aceptación, ileso, renovado en las espumas imperecederas.




















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