Josemari es ese tipo de artista que me representa. Es un tipo humilde, un currela del rock, que se ha hecho a fuerza de horas en el local y a base de ampollas en las yemas de los dedos, que por edad y por experiencia debería estar resabiado, asqueado de la parte chunga de este rollo, pero que, sin embargo, recibe con ilusión todo lo que le cae en las manos. Zoo! en general y sus miembros en particular, son de esos artistas que crean comunidad. El día que el rock deje de tener currantes como Josemari, se irá al carajo. Un, dos, tres… ¡Lontananza!

 

 

Cazador de hormigas. No me atrevo de hablar de folclore andaluz. Es como pedirle a Josemari que cante una jota o baile una sardana. Pero sí que veo reminiscencias, de fondo, en la lontananza, en el borde del plano, casi cortados por cada fotograma. Unas palmas y la balalaika de Doctor Zhivago acompañando la guitarra en amplios acordes, con una mano derecha animosa. En ese punteíllo hay un leve aroma al estribillo de Aerials, de System of a Down. Entran las voces y se quedan guitarras y palmas solas con la voz. Minimalismo musical. Esta música no es lo que suena, sino lo que sugiere. Podría estar en una peli de Fernando León, un tipo que se mira la palma de la mano después de percatarse de haber perdido los tranquilizantes. Una suerte de Los lunes al sol, más urbanita, más del siglo XXI.

Amigos. Otra vez esa bandurria, o esa balalaika. Esas palmas como único elemento percusivo. Creo que el estribillo es lo mejor del disco, y no sabría decir por qué: no voy a mentir / eché de menos tu voz por el camino / guardo en el corazón / recuerdos desde que éramos chiquillos. Un componente nostálgico, emotivo… hasta el último verso. Guardo en el corazón / amistades que huelen a podrido. Un giro con cierta rabia a una canción que, por otra parte, estaba sonando nostálgica pero alegre.

 

 

Madre Tierra. El espíritu es el mismo: palmas, guitarra de amplios acordes y dulzaina, pero cambia el ritmo, un poco más cercano a la rumba. En los estribillos, un mensaje panteísta propio de Spinoza (Einstein lo hizo famoso al declararse creyente del Dios de Spinoza). Que no haya un Dios en forma de hombre alto con barba tal vez traiga a la mente que todo, que la propia naturaleza sea ese Dios al que se reza entre dientes. Las estrofas vuelven a narrar una historia, con sus conclusiones. Es como resumir una vida entera en unos pocos versos. Tal vez es la edad, pero me da curiosidad oír esos retazos que Josemari trae a brochazos, en forma de flashazos de la memoria.

¡Atrévete y ponte a bailar! Es una mezcla de canción de cantautor y verbena de pueblo pequeño. Es como en Calle Mayor, refleja el quehacer de los domingos, la alegría del día de fiesta, pero, en el fondo, se vislumbra una profunda melancolía. Todo el disco tiene esa aura nostálgica, nostalgia como ese tocadiscos o ese radiocasete de doble pletina, aún capaz de dar algún buen rato, pero expuesto a la evidencia de la senectud tecnológica.

 

 

El cuidado. No sé a qué suena, pero esta mezcla de palmas, guitarras y dulzaina me hace sentir en casa. Es una noche de verano, huyendo del bochorno de la ciudad hacia la frescura del pueblo, esperando la ocasión de pasar a mayores con el objetivo amoroso. Vale que como reseña musical esto no vale gran cosa, pero nunca he puesto un pie en Andalucía y tengo la sensación de haber compartido esa noche de farra con Josemari.

El bailarín de las estrellas. Hay que ser honrado: conozco muy poco a T-Rex, 20th Century boy y poco más y, si no es por mi colega de la Balona, no hubiera escuchado nunca el Electric Warrior. Las estrofas tienen ese aire Major Tom to ground control que cantaba David Bowie en Space Oddity, con un poco del Outside, de los Staind, ese tipo de canción acústica lenta pero fuerte, como Debe llegar algo, de Reincidentes. También tiene una mezcla de Nirvana en el Unplugged y Smashing Pumpkins. Vale, es al revés, son todos estos los que tienen influencia de T-Rex, los que está sintetizando Josemari. Ese último coro a lo Wonderwall de Oasis termina en un decrescendo crepuscular que amaga con terminar el disco.

 

 

Amarillo y azul. Última parada. La guitarra rítmica crea una base con un poco de punteo, alternándolo con los acordes, dándole un aura más compleja. Filosofía nietzscheana en la letra. Nietzsche decía que al principio somos camellos, cargando con nuestros miedos, sumisos. Luego evolucionamos a leones. Rompemos con todo lo que cargaba el camello, movemos los cimientos de lo que nos ataba a la identidad formada por el miedo de la fase de camello, y finalmente llegamos a ser niños, a dejarnos llevar por la curiosidad sin caer en prejuicios ni en miedos. Esa sensación de libertad, de felicidad con muy poco es el último bocado de un disquito que se nos ha escapado entre los dedos.

 

 

Josemari es ese tipo de músico que dice muchas cosas con muy poco. Tiene muchas lecturas, muchas aproximaciones a la filosofía, a posiciones sociales o políticas… pero todo desde un punto de vista literario, epistolar, de narración de vivencias. Reconozco que no soy el tipo más neutral del mundo, pero Josemari, a mil kilómetros de mi tierra y sin habernos visto nunca, es de los míos. Para quien quiera saber de músicos de verdad, enlaces del artista:

 

Spotify https://open.spotify.com/artist/6O0SAPhUg7qyPQZl8WTCAs?si=cbUQAI6YR2-bdLeVsM3p9w&utm_source=copy-link

YouTube https://youtube.com/channel/UCaF9UrQEfOfeyeiuP8eh8Ww

Instagram https://instagram.com/jmconejo_?utm_medium=copy_link

 

Josemari Conejo – Lontananza

by: Teodoro Balmaseda

by: Teodoro Balmaseda

Si te gustan mis reseñas, también escribo novelas. Cadelarias de la Virgen

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