Ponte el traje
y empólvate el rostro.
La gente paga y aquí quiere reír,
y si Arlequín te roba a Colombina,
¡ríe, Payaso, y todos te aplaudirán!
Transforma en bromas la congoja y el llanto;
en una mueca los sollozos y el dolor. ¡Ah!

¡Ríe, Payaso,
sobre tu amor despedazado!
¡Ríe del dolor que te envenena el corazón!

En esta famosa aria Vesti la Giubba (Ponte el traje) de la ópera Pagliacci, el compositor Ruggiero Leoncavallo pone en boca de un payaso el dolor que siente al ver que ha perdido a su esposa en manos de otro mientras debe prepararse para salir a escena. Por encima de sus sentimientos como persona están los deseos del respetable. Queen lo dijeron a su manera en The show must go on. Esa paradoja entre el dolor de un corazón roto y la necesidad de hacer pasar a otros un buen rato me ha resultado siempre escalofriante.

 Recordemos a Lenny Bruce, el pionero de la stand up comedy. Las desternillantes e ingeniosas actuaciones iniciales de Lenny pasaron paulatinamente de la risa a la amargura mientras su vida se iba al garete.  Se suponía que Lenny debía hacer reír a su público, pero Lenny acabó siendo incapaz de hacerlo. En sus actuaciones se rebelaba contra la tiranía de un público dictador que demandaba pasárselo bien y vomitaba sobre el respetable todas sus miserias. Sus palabras malsonantes y sus gestos le costaron no pocos encontronazos con la justicia hasta que falleció consumido por las drogas y el hastío. Un hastío existencial que no es ajeno a otros muchos cómicos.

 Ocurre que los cómicos no gozan de la versatilidad que sí se les está permitida a los actores dramáticos. Es más, esa distinción no debería existir. Se es actor o actriz, sin más. La sociedad demanda a los cómicos que siempre les haga reír, pero no demanda a los actores dramáticos que siempre les haga llorar. Cuando un actor emergido en la comedia intenta cambiar de registro el resultado no suele gustar al gran público. Cuando Jim Carrey intentó dejar de hacer reír, el público no se lo perdonó. A muchos se les cortocircuitó el cerebro en 1996 cuando en The cable guy (aquí estrenada bajo el equívoco título de Un loco a domicilio) Jim Carrey interpretaba a un personaje con evidentes problemas psicológicos. No estábamos ante una comedia alocada sino ante un drama sobre una enfermedad mental. Por mucho que la publicidad del film lo vendiera como la comedia que ni era ni pretendía ser, Un loco a domicilio fue un fracaso de taquilla, el primero de Jim Carrey. Carrey siguió intentando salir del estereotipo de gracioso, siendo El show de Truman (1998) y Olvídate de mí (2004) sus mejores intentos. Como se puede ver en el documental Jim & Andy (2017), Carrey se sumergió tanto en la psique de Andy Kaufman que acabó actuando como él tanto dentro como fuera del rodaje de Man on the moon (1999). Carrey acabó por no diferenciar donde acababa Andy y donde empezaba Jim. Esta simbiosis provocó que el actor desapareciera dentro del personaje, lo que ayudó a su memorable interpretación, pero no le fue fácil volver a ser quien era. Lo que es cierto es que su carrera ya nunca fue la misma. 

 Da igual que el actor quiera cambiar el rumbo de su carrera: si naces payaso, mueres payaso. Otro ejemplo paradigmático es el de ese gran actor que fue Robin Williams: coronado como uno de los reyes de la comedia, Williams intentó variar de personajes con resultados muy dispares, pero el público siempre lo vio como un comediante. Su triste final viene a corroborar que hacer reír es un arte muy difícil, y más si estás deprimido. Es como si la obligación de ser siempre gracioso acabara deprimiendo a los cómicos más sensibles.

 De ello ya habló el gran Martin Scorsese en la aterradora El rey de la comedia (1982) con, nada más y nada menos, que Jerry Lewis y Robert De Niro. Un film desmitificador y mordaz sobre los estereotipos que se aplican a los cómicos. Otro ejemplo más cercano es El fin de la comedia, la estupenda serie de Ignatius Farray, en la que también se trata el tema del cómico que ya no quiere ser gracioso y cómo la sociedad le niega esa posibilidad. No debo olvidar El último Show que versa sobre Miguel Ángel Tirado (Marianico el corto) quien intenta huir del personaje cómico que le dio fama.

 El triste final de Verónica Forqué vuelve a poner de relieve cómo la sociedad solamente ve en el cómico una fuente de diversión. Su participación en MasterChef Celebrity evidencia cómo la sociedad se niega a ver los problemas mentales. Todavía menos en una actriz de más de 60 años. Sumida en una profunda depresión desde hace tiempo, Verónica Forqué ha sido otro comediante víctima de su propio rol. Por muy mal que estuviera ella, el público no quería admitir que tenía problemas y necesitaba ayuda. Por dentro lloraba mientras su sonriente máscara se iba resquebrajando ante una audiencia que se partía de risa con ella. Descanse en paz.

La tiranía de la risa

by: Luis Cifer

by: Luis Cifer

Luis Cifer, nació en la ciudad del cierzo. Se dice que siempre viste negro, que Luis no es su nombre real y que duerme en la calle. Otros dicen que tiene un trabajo, que no bebe alcohol e incluso que es padre de familia, pero no hay nada confirmado. También se le puede encontrar en su blog de cine.

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  1. Estoy muy de acuerdo con la lista donde a mi gusto cambiaria muy poco y totalmente de acuerdo con ese…

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