En esta época del año donde nos llega el grueso de las nominadas a los Oscar de Hollywood, se estrena una de las grandes ninguneadas pues «a priori» tenía unas cuantas «papeletas» para encontrarse en la terna de las candidatas. Y es que el cine donde una (o pocas) persona lucha contra los oscuros intereses de grandes corporaciones ha sido un filón desde hace décadas, consiguiendo derrocar gobiernos, como en «Todos los hombres del presidente» de Pakula o destapando sórdidos casos que implican a «lobbys» importantes en cuanto poderosos sean farmacéuticos, energéticos, mineros o petroleros. Hasta ahora, recordamos como mejor ejemplo la excepcional «El dilema» de Michael Mann, contra la industria tabaquera. Abogados o periodistas que destapan incómodas verdades.

«Aguas oscuras» se adscribe a esta corriente de filmes, versión defensores de la ley, aunque no llega a los límites de excelencia de la cinta de Mann, recordando más a algún otro «taquillazo» como el «Erin Brockovich» de Soderbergh o «La tapadera» de Pollack aunque minorizando la acción y denunciando más el conflicto. Aquí el joven y prometedor leguleyo trabaja para un bufete que defiende multinacionales pero por una denuncia de un agricultor del pueblo de su abuela, sin ninguna vinculación más, arriesgará su familia, empleo y prestigio por desentramar un envenenamiento de aguas por parte de un «gigante» químico. El guion se basa en un artículo del New York Times de Nathaniel Rich, que además es uno de los tres guionistas del largometraje. Y ese es uno de los principales errores de la película, pues no termina de definirse si mantiene el tono periodístico de denuncia o se pasa a un «thriller» con tintes políticos, aunque cabe reconocer que en las más de dos horas «Aguas oscuras» no aburre.

Buena parte de culpa la tiene su director Todd Haynes, que construye un relato con una puesta en escena vistosa, con una realización portentosa y aspectos técnicos cuidados y con un empaque formal digno de elogio pero como sucede en gran parte de su trayectoria anterior («Velvet Goldmine», «Lejos del cielo» o «Carol») no termina de conmover. Amaga pero no golpea. Y eso a pesar de un ritmo hilado y una explicación de los hechos que hace que entendamos la dura lucha del individuo contra el poderoso. Eso sí, sin la grandeza de un Clint Eastwood, en buena parte de su ejemplar filmografía, ahora compartiendo cartelera con la inmensa «Richard Jewell»

Sensación de irregularidad que también se nota en el reparto, donde destaca un Mark Ruffalo que vuelve a convertirse en un investigador de irregularidades como en «Spotlight» (con la que también guarda un cierto paralelismo). Un papel que le hace llevar el peso de la historia y donde se le nota cómodo. No tanto, Anne Hathaway que pierde peso en el «libreto» y donde solo en una escena se ve el talento que atesora, limitándose a ser la esposa del protagonista en buena parte del metraje. Entre los secundarios vemos a Tim Robbins o Bill Pullman cumplidores y mucho más destacado a Bill Camp, como el «paleto» que descubrió este incidente con la multinacional Du Pont. Todo bien fotografiado por Edward Lachman, hombre de confianza de Haynes en este apartado y una interesante partitura de Marcelo Zarvos.

Mejor es en «Aguas oscuras» el punto de arranque que el desarrollo aunque meritorio es el resultado final, lo que demuestra que Todd Haynes se encuentra en el camino de concluir una gran obra que todavía está por llegar. Este «Aguas oscuras» a pesar de sus virtudes, no pocas, se encuentra un escalón por debajo de la antes mencionada «El dilema» o de «El jardinero fiel» de Meirelles. Ahí sí que se sentía el poder como ente maléfico, dando la razón a Deleuze cuando aseguraba que el poder no se tiene, se ejerce.

Aguas oscuras – Todd Haynes

by: Jose Luis Diez

by: Jose Luis Diez

Cinéfilo y cinéfago, lector voraz, amante del rock y la ópera y ensayista y documentalista con escaso éxito que intenta exorcizar sus demonios interiores en su blog personal el curioso observador

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