John Le Carré es uno de los grandes autores de las novelas de espías y de sus obras se han hecho películas de todo tipo, desde las primigenias como “El espía que surgio del frío” de Martin Ritt o “Llamada para un muerto” de Sidney Lumet a las estupendas “El jardinero fiel” de Fernando Meirelles o “El topo” de Tomas Alfredson a las menos excelentes “La casa Rusia” o “El sastre de Panamá” o la reciente “El hombre más buscado”. De “La chica del tambor” también se hizo su versión en 1984, dirigida por George Roy Hill, quien seguía su irregular trayectoria tras realizar “el castañazo” y “El mundo según Garp”, lejos de sus éxitos con paul Newman y Robert Redford con “Dos hombres y un destino” y “El golpe”. Visto el resultado, a pesar de Diane Keaton y Klaus Kinski, difícil era plasmar un libro tan enrevesado y lleno de política en poco más de dos horas.

Nota: 80

Ahora nos llega en formato miniserie, con seis capítulos de poco menos de una hora de duración cada uno, lo cual permite indagar un poco más en la trama y en los caracteres de los personajes, ya que nos cuenta como a finales de los setenta en Alemania, tras la masacre de Munich, el Mosad israelí tiene serios problemas con una serie de radicales izquierdistas occidentales que se unen a las acciones terroristas perpetradas por los palestinos (aunque no se dice directamente, el espectador puede recordar los tristes hechos ejecutados por la Baader- Meinhof). Entre estos activistas reclutan a una joven actriz sin suerte para introducirla en unos de esos comandos palestinos y así conseguir acabar con la cédula principal. El problema, como escribió otro grande de la literatura de espionaje: Graham Greene, es el factor humano, pues la joven empieza a simpatizar con los enemigos.

El responsable de la serie es el coreano Park Chan Wook, un director que ha dado sobradas muestras de su talento con “la trilogía de la venganza”, mejorando (y mucho) un mediocre guion en “Stoker” o con ese desconcertante thriller erótico titulado “La doncella”. Y el asiático vuelve a ofrecer un recital de puesta en escena, con unas soluciones imaginativas y consiguiendo que la alambicada trama se comprenda sin problema y podamos entender las motivaciones de todos los personajes y sus conflictos ideológicos, sobre todo en la pareja protagonista Charlie y Gadi, con frases tan lapidarias como “Tal vez es mejor vivir en el exilio para no saber quien es el malo en realidad” o en las relaciones entre los diferentes cuerpos de inteligencia como el británico y el israelí, donde se desprecian pero no les queda más remedio que trabajar juntos. Y es que una de las virtudes es la equidistancia, ya que ni unos son buenos ni los otros la encarnación del mal. Es cierto, que los palestinos colocan bombas y actúan mediante el terror pero Israel se defiende mediante sofisticadas acciones creando el caos y no tiene miramiento en acabar con bombardeos o ejecuciones fuera de la ley con sus enemigos. Sí deja claro que ese conflicto tiene sus motivaciones y sus rencores inmemoriales, aunque unos estén más unidos al modo de vida occidental y a la democracia y los otros al terrorismo y las más abyectas teocracias. Los que peor salen reflejados son los colaboracionistas europeos, fanáticos de extrema izquierda que en un extraño “síndrome de Estocolmo” intentan acabar con el mundo establecido, aliándose con otros fanáticos que los tratarán como inferiores, aprovechando sus nacionalidades para perpetrar sus sangrientos atentados.

Park Chan- Wook dirige con brío y maestría y es magnífico el trato a la elipsis o al cambio de personajes en la misma escena donde Charlie diáloga a la vez con Gadi y con los hermanos palestinos para reflejar la complejidad de su pensamiento y las dudas que le ofrece su infiltración. Y todo con un ritmo y una fotografía de corte clásico, tanto en Grecia, como en Inglaterra, Alemania u Oriente Medio, demostrando un nivel como director excelso y una de esas personalidades cuyo solo nombre debería ser sinónimo de calidad.

Y si la realización es sobresaliente, lo mismo sucede con su trío protagonista. Magnífica Florence Pugh, a la que descubrimos con su terrorífica Lady Macbeth en la angustiosa película de William Oldroyd, el cada día más al alza Alexander Skarsgard, tras su Globo de Oro al mejor secundario televisivo por “Big little lies” y el siempre seguro Michael Shannon como martin Kurz, el jefe del operativo. Entre los secundarios aparece otro eficaz secundario como Charles Dance. Todos dotan de matices esta joya del genero de espías que debió haber tenido mejor suerte, pues en la última edición de los Globos de Oro ni siquiera tuvo una mínima nominación como miniserie. Cierto es que no es perfecta pero funciona mejor que la mayoría de las ganadoras, incluida “El asesinato de Gianni Versace” que fue la ganadora.

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