Dentro de la programación del excelente Valletta International Baroque Festival, celebrado en la capital maltesa entre el 11 y el 29 de enero de 2019, había un evento que sobresalía por su programa y lugar. Se trataba de las “Variaciones Goldberg” de Bach en la Concatedral de St. John, un recinto impresionante que bajo una portada barroca poco recargada, e incluso en palabras de algún amigo con poco interés, esconde un interior espectacular bellamente decorado, contrastando con ese austero y sobrio exterior, con sus ornamentados techos pintados, los muros de piedra tallada y las capillas laterales, una con el fresco más grande que pintó Caravaggio, en su paso por la isla mediterránea, como es “la decapitación de San Juan Bautista”, y todo el suelo lleno de lápidas de importantes Caballeros de la Orden de Malta. Recinto colosal para asistir a uno de los monumentos de la música barroca: las celebérrimas “Variaciones Goldberg BWV 988” compuestas por Johann Sebastian Bach en 1741, uno de los trabajos para teclado más importantes jamás escritos. Este ejemplo de “Klavierübung” siempre lo hemos podido ver o escuchar en clavicordio o piano, siendo la más representativa las de Glenn Gould (¡cuántas noches de estudiante habrá servido de inspiración el disco de dicho intérprete, publicado por Sony, que conservamos hace más de veinte años!). Por ello, poder disfrutarlo en órgano de iglesia se convierte en una experiencia que roza lo místico, algo con pocas posibilidades de poder elegir.

El encargado de conducir este arduo empeño era Hansjörg Albrecht, director artístico del Munich Bach Choir & Bach Orchestra, fundado por el legendario director Karl Richter, y por lo tanto uno de los mayores especialistas  en la obra del compositor alemán. No en vano lleva realizando conciertos en catedrales (sobre todo europeas y rusas) desde hace lustros.

Con una catedral llena y tras la presentación de la obra por el director del festival Kenneth Zammit Tabona, aparecía Albrecht para deleitarnos durante una hora y media con su extraordinaria forma de tocar, con una velocidad endiablada en teclas y pedales, aunque solo pudimos verle por una pantalla colocada en un lateral del altar, ya que el órgano se encuentra detrás y por lo tanto fuera de la vista de los espectadores, con sus tres teclados de manos y uno de pies y los tubos sonoros a ambos lados de la nave principal. Por supuesto la acústica es perfecta, cosa que pudimos observar desde su inicio con el aria, bella hasta el delirio,  y utilizada en el cine desde la impactante escena del asesinato de los policías  por Hannibal Lecter en “El silencio de los corderos”, la soñadora Juliette Binoche en “El paciente inglés”, el adicto al sexo Michael Fassbender en “Shame” o en la triste odisea spielbergiana “La lista de Schindler”, por poner algunos ejemplos. Notas que calman nuestro estresante modo de vida contemporáneo y que nos elevan hacia terrenos fuera de este mundo corpóreo.

Las treinta variaciones del tema central se dividen en una estructura que repite nueve veces un canon, la pieza de género y algún tipo de arabesco, unido a un final con el “quodlibet” y el ária de nuevo, y donde Albrecht nos dejo impresionados, ante un silencio sepulcral solo roto por alguien que, imaginamos, ante tanta belleza sufrió un “Síndrome de Stendhal” con un posterior desmayo (algo parecido a lo que sufría un turista en el inicio de esa joya de Paolo Sorrentino titulada “La gran belleza”, la última gran obra maestra del cine italiano). Para concluir y tras los saludos al público emprendió dos bises con el “Aria da Capo” y el “Final”, remate que compuso J.S. Bach a estas “Variaciones Goldberg” que, a buen seguro, se convertirán en inolvidables en ese territorio, a veces mentiroso por idealizado, que llamamos memoria. Una educación sentimental como dejó escrito Flaubert.

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