A veces, cuando desde ese patio de vecinos que son las redes sociales -no os confundáis, que la validez de lo que se dice en Twitter o Facebook, tiene la misma que cuando lo decías detrás de un café en la barra del bar, aunque ahora el altavoz sea más grande, que la difusión no convierte las cosas en realidad o dogma- o los jodidos grupos de Whatssap, ves que la gente habla una y otra vez de cierta banda, realzando sus virtudes, jurando sentirse emocionados y no se que historias más, que se nos escapan de la boca o los dedos cuando andamos metidos en harina, me termina picando la curiosidad por ver si es cierto o no. Yo, desconfiado por naturaleza, primo lejano de aquel que metió el dedo en la llaga, andaba con la mosca tras la oreja después del desecho de halagos y flores que están recibiendo desde distintos frentes los norteamericanos Greta Van Fleet.
Porque además ese momento parece haber pasado, ese fondo aséptico que tienen este tipo de bandas que han decidido heredar la sonoridad de los gigantes del rock pero no su peligrosidad asociada, ese peligro inherente que no flota en el ambiente. Me convierto en una especie de Jekyll y Hyde, disfruto de estas canciones pero no me llegan al alma, porque la sensación constante de esto ya lo he escuchado y de mejores maneras se repite una y otra vez en mi cabeza. Y estoy hablando de esta banda, pero podía recitar un buen puñado de memoria. Echo en falta esa personalidad propia del músico que vaya más allá de recitar lo aprendido, aunque lo haga con maestría. No me quiero cebar más de la cuenta con este «From the fires», a fin de cuenta, vuelvo a repetir y no pretendo justificar, el disco es bueno, las canciones también y los músicos de primera, pero termino el disco con una sensación agridulce. Una banda muy buena, un buen puñado de canciones, un gusto para los oídos, pero…


