
Ben Poole, desde su debut en el año 2012 con Let´s Go To Upstairs, apostó por seguir los cánones del género sin resultar predecible. Su suave y bien modulada voz, cuyo registro ayuda a acompasar las melodías que su Fender enhebra con delicadeza y mimo, casa a la perfección con la fuerte inclinación que ha sentido, desde su niñez, por la música Pop y los ritmos de música Funk. El británico, como muchos otros artistas del género de los que ha recibido elogios y mecenazgo tanto musical como espiritual –como ha sido el caso de Jeff Beck o Gary Moore– ha sabido llevar su producción musical buscando la conciliación entre la técnica y el sentimiento. La segmentación en este estilo es muy fácil, y renovar éste como en su momento lo hizo Stevie Ray Vaughan, complicado. Y Poole lo ha entendido a la perfección.
Después de un directo sensacional en el Royal Albert Hall editado en el 2014, el músico británico logró convencer y seducir en uno de los grandes recintos de la música británica. A diferencia de muchos instrumentistas que simplemente se dedican a cumplir de manera funcionarial, haciendo gala de un manierismo musical que, en ocasiones, lo único que consigue es alejar al público de su propuesta, desconectando e inhibiendo a éste del concierto como una oferta de ocio, el inglés busca identificarse con el público: muchas veces no plantea los recitales como músico, sino cómo asistente; y es a través de esa forma de pensar cuando su madurez se acrecienta dentro del escenario.
Y lo mismo se puede predicar de su último trabajo: Time Has Come -2016-, un álbum en el que sigue persistiendo en su fórmula. Un segundo cedé de estudio es siempre complicado, máxime si tenemos en cuenta las expectativas que este genera con respecto a su ópera prima –sucedió, en su momento, de manera similar con el espectacular Couldn´t Stand the Weather del citado Ray Vaughan, tras la unanimidad que suscitó el espectacular Texas Flood– y que, no obstante, Poole ha sabido gestionar a la perfección. Uno de los aciertos del álbum radica, principalmente, en que es uno de esos álbumes de Blues que permiten al neófito acercarse al género; el segundo, por otra parte, es lo bien que juega con las secciones acústicas y eléctricas –Longing for a Woman-, If You Want to Play With My Heart-, las referencias a Free, Bad Company, en Time Might Never Come, con esas suaves melodías de guitarra trazadas y dispuestas en un medio tiempo en el que el hammond toma el protagonismo de la canción, cobijando una estupenda melodía que recuerda al Gary Moore de su época Blues –de hecho, la canción es un homenaje al legendario seis cuerdas irlandés, quien con álbumes como Still Got the Blues o After the War, reinventó el género a principios de los noventa- y un solo espectacular, sin paliativos. Stay At Mine –y su Funk descarado a la par que sinuoso-, You´ve Changed oThe Question Why, con sus dejes de Fleetwood Mac, cincelan un álbum que, al igual que su antecesor, explota con sumo academicismo y frescura cada uno de los mandamientos de un estilo que pasa por un gran momento en cuanto a fecundidad creativa y fertilidad en lo que a producción de artistas se refiere. En octubre pasa por nuestro país, y le aconsejo, querido lector que no se lo pierda en concierto. Especialmente si vive en Murcia, a donde arribará el día dos de octubre por obra y gracia de la promotora Mad Men















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