Si bien su primera película fue una de acción como “Asesinos de reemplazo”, la trayectoria de Antoine Fuqua está muy ligada a la del actor Denzel Washington, con quien ha firmado títulos tan estimables como “Training Day”, junto a éxitos como la trilogía de “The Equalizer” o el remake de “Los siete magníficos”.

Ahora se adentra en el mundo del biopic con el esperado largometraje que narra la vida de un icono como Michael Jackson. Sin embargo, el resultado final, aunque tiene aspectos estimables, acaba siendo irregular, quizá lastrado por el guion de John Logan, algo naíf y más cercano a la hagiografía que al drama.
En esta primera parte se nos cuenta la vida del “Rey del Pop”: desde sus orígenes en un pequeño pueblo de Indiana, su compleja relación con su padre, sus inicios con los Jackson 5 y su carrera en solitario hasta la gira de “Bad”, pasando por el éxito de “Thriller” o el accidente en el que se le quemó el pelo y parte del cuero cabelludo.
Fuqua dirige con energía, dotando de ritmo al conjunto, ya que las dos horas pasan en un suspiro y los números musicales son de gran envergadura. Es una película pensada para los múltiples seguidores del cantante, que, imagino, no saldrán decepcionados con lo visto en pantalla, pues no se revela ningún detalle escabroso de Jackson y se minimizan hechos que podrían generar cierta polémica, como el paso de Motown a CBS.
También se aprecian ciertas licencias narrativas, como relegar a los hermanos a un papel casi testimonial, omitir a su hermana Janet o no mostrar cómo conoció a una figura tan imprescindible en su carrera como Quincy Jones, quizá junto a Berry Gordy. Tampoco se termina de reflejar la obsesión por el trabajo de Michael Jackson, lo que no acaba de encajar con algunas escenas en las que da lecciones sobre producción al propio Quincy Jones o sobre cómo filmar a John Landis en el videoclip de “Thriller”.
Donde realmente destaca la cinta es en la poderosa interpretación de Jaafar Jackson, que borda un papel complicadísimo: a su innegable parecido físico se suma una emulación total de movimientos, pasos de baile y voz, que es, en definitiva, lo que busca el público potencial. También cabe destacar a Colman Domingo, que convierte su personaje en un villano brutal: un padre obsesionado con el éxito, pero a la vez manipulador y controlador. Un hombre que, en su lucha por sacar adelante a sus hijos, no duda en emplear las peores técnicas paternofiliales. Un claro ejemplo de que “el fin justifica los medios”, lo que ayuda a explicar la soledad de la estrella del biopic. Resulta curioso comparar este retrato con el de Will Smith en “El método Williams”, donde también se aborda la figura de un padre exigente, aunque desde una perspectiva diferente.
“Michael” acaba siendo un entretenimiento que no busca trascender en la historia del cine, sino obtener un importante rédito económico sin molestar a los millones de fans de Michael Jackson en todo el mundo.

















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