El hombre es esférico, se proyecta en muchas direcciones. ¿Pero realmente sabemos vivir? Quiero decir, ¿vivimos?, o vivimos como la mayoría. Parece ser que hay algo establecido que significa qué es saber vivir, es algo intangible, etéreo, se sabe, pero no lo apresas nunca.
Vivir se aprende de muchas formas, en muchos ángulos, pero hay un ángulo común en el que reside la mayoría, en el que, si no estás, se dice que no sabes vivir. De esta manera se podría decir que un astronauta que aún no ha tocado tierra, no sabe vivir. Pero, ¿Y si ha aterrizado varias veces y sigue sin saber vivir? ¿Sabe vivir?
Se puede vivir sin dinero, mal vivir. Se puede vivir sin salud, vivir a medias, con medio cuerpo, a trozos, a ratos. Con miedo, sin ese miedo que separa la realidad de la realidad real. Se puede vivir huérfano, se puede creer que se vive. De todos los colores, sin ellos.
Saber vivir vendría a ser como beber largos tragos de café, comer todo lo posible en un ángulo diferente, cambiar el juego sobre la marcha ante la imaginería desbordante de unas exageradas y etéreas proposiciones de los zascandiles del saber vivir.
El poeta llama trastorno del rinoceronte al hecho en sí de existir, de vivir, de pasar por este mundo. Su pasividad ante el incendio de la raza humana es nuestra pasividad. La existencia de los seres humanos es un megarrinoceronte.
Vivir es pisar cristales con los pies desnudos, mirar al sol frente a frente mientras la playa cuenta días por cada niño que muere. Una flor se abre, una torre se hunde. Qué más da. A veces vivir es ver cómo se hace para vivir, saber qué hay que hacer para vivir, y, aun así, no poder saber vivir mientras te señalan por no saber vivir. Esto es duro de vivir sin saber vivir sabiendo que podrías saber vivir. ¿Entonces? ¿Cómo vivir?
No lo sé, pero inexorablemente, no se puede vivir sin amor.




















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