A finales de los sesenta, en la fría Londres donde el rock y la cultura pop reinaban las calles, cuatro jóvenes con un talento descomunal y cargados de un misticismo que podía hechizar a cualquiera se unían para lanzar su primer trabajo discográfico. Estoy hablando de nada más y nada menos que de Led Zeppelin.
La banda, quienes hasta poco tiempo antes de la salida del álbum, completó una pequeña gira bajo el nombre provisional “The New Yarbirds”, nombre que tan pronto terminaron la gira decidieron desechar para dar un giro de tuerca y adoptar el nombre que todos conocemos. El nuevo nombre no era solo un cambio superficial, era una declaración de intenciones en el curso de la banda.
Ingresaron al estudio el 25 de septiembre de 1968. Las sesiones fueron llevadas a cabo en Olympic Studios. El costo de toda la producción fue alrededor de 1700 libras, que fueron pagadas por el mismo Jimmy Page, guitarrista de la banda, y el manager Peter Grant. Este no es un dato menor, ya que, al no tener un contrato discográfico, esto daba rienda suelta a la creatividad del grupo. No iba a aparecer nadie con exigencias comerciales, tenían total libertad para la búsqueda de su sonido sin presiones externas.
El mismo Jimmy Page sería quien tomaría las riendas como productor, con el apoyo de John Paul Jones, bajista de la banda. Como ingeniero de mezcla tendrían a Glyn Johns, quien ya había trabajado con titanes como lo son los Beatles y los Rolling Stones. El disco fue grabado y mezclado en su totalidad en tan solo 36 horas, repartidas en distintas sesiones a lo largo de varias semanas. En la mayoría de las canciones ya se tenían previsto los arreglos y estaban calculadas para que el tiempo en estudio fuera lo más efectivo posible. Es así como el 13 de enero de 1969 Jimmy Page, Robert Plant, John Paul Jones y John Bonham darían un paso que dejaría una huella imborrable en la historia no solo del rock sino de la música en general.
El álbum, titulado bajo el mismo nombre de la banda, nos deja ver parte del arsenal que estos cuatro jóvenes tenían bajo la manga. La influencia bluesera predomina durante todo el recorrido sonoro, pero la banda la moldea y la adapta a su manera, dándole un sonido psicodélico que se siente casi como un trance. El álbum combina momentos de dramatismo profundo, cargado de sentimiento y de expresión que erizan la piel, con momentos que llegan como una bomba demoledora: un sonido crudo, pero a la vez incendiario, capaz de levantar a cualquiera de la silla y sacudir el cuerpo al ritmo de una ferocidad eléctrica sin precedentes. Entre toda esta inmersión sonora y agitación también se asoman destellos de su influencia folk. Un aspecto que desarrollarían más a fondo en sus próximos trabajos.
Cada miembro de la banda aporta un componente fundamental al sonido y a la identidad del grupo. Jimmy Page, como productor y guitarrista líder, con sus poderosos riffs y solos llenos de energía. Robert Plant, con un estilo vocal de cualidad esotérica, como si viniera de otra dimensión. John Paul Jones, con líneas de bajo que combinan una precisión quirúrgica con la potencia de un cañón. Y John Bonham, que, con una técnica impecable acompaña rítmicamente con una batería profunda, pero a la vez fresca, cargada de groove y movimiento.
Este disco se siente como un conjuro amplificado, cargado de pasión, sentimiento y mucha intensidad. Si bien para muchos (incluyéndome) este puede no ser el mejor álbum de la banda, sí me parece que define un nuevo sonido y abrió fronteras que sirvieron de influencia para un sinfín de bandas, y que hasta el día de hoy sigue inyectando energía en los que se animan a escucharlo, posicionando a Led Zeppelin como unas de las bandas más influyentes de la historia.
A 57 años de su estreno, este álbum sigue siendo un referente atemporal en la música universal y, para mí, uno de los mejores álbumes debut de la historia. Te invito a escucharlo si nunca lo has hecho, y si ya lo has hecho, un repaso por este viaje místico y lleno de energía nunca viene mal.





















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