No es la primera vez que vemos gansos salvajes volar junto a humanos o migrando a lugares más cálidos. Recordamos como primera vez «Nicky, aprendiz de bruja» de Hayao Miyazaki donde en su aventura buscando una ciudad donde establecerse viajaba un rato junto a las aves, que le avisaban de un cambio de viento. También hay un estupendo documental de Jacques Perrin sobre el viaje a otras latitudes, aunque la que más se parezca sea «Volando libre» de Carrol Ballard, de argumento más que similar aunque con la salvedad de que la historia es en Canadá.

Del país norteamericano pasamos al sur de Francia, donde un hijo urbanita y egoísta, descubrirá el amor a los animales al tener que pasar un tiempo con su padre, un científico que vive en una apartada marisma y se dedica al cuidado de los gansos salvajes. Tiene una descabellada ruta para salvar a la especie de la extinción que acaba cerca del Polo Norte en Noruega. Nadie cree en el proyecto, así que falsifica unos papeles del museo donde trabaja para que le otorguen los permisos en el país escandinavo, mientras que su hijo viene a visitarle algo más de un mes porque su madre tiene, que vive con una nueva pareja, no puede hacerse cargo de él por un importante trabajo fuera de casa. El joven al principio se aburre pero pronto descubre lo divertido que puede ser, al cuidar a los polluelos recién nacidos y aprender a pilotar el aerodeslizador con el que enseñarles la ruta a los animales. Más problemas con las autoridades noruegas conseguirán que el viaje del norte al sur no sea como se había planteado.

Un bonito alegato ecologista, ya visto pero bonito. Las casi dos horas de metraje pasan en un suspiro y es relativamente sencillo empatizar por los personajes, tanto el científico como su ex mujer y, lo más extraño, la actual pareja de la señora que resulta ser una persona normal y el adolescente que no actúa como un sabiondo, niñato o héroe. Un joven, cuya temeridad le hace madurar aunque no convertirse en un adulto. Unos valores que su director Nicolas Vanier plasma bien en pantalla y deja claro, pues el mensaje llega a calar de una forma admirable y sorprende en algunos puntos, donde se nota que la gente de campo domina más el tema que la de ciudad. El primero es las trabas burocráticas para casi todo, donde los gobiernos vetan proyectos enterrando las ideas en un sin fin de papeleo, no dando más posibilidad que la multa o matar a las aves. Por otro lado, tenemos un evitar maniqueísmos enlazando el conocimiento y el amor a la naturaleza de la gente de campo con los usos y filosofías teóricas de ciudad, ya que cuando están todos juntos no dudan en comer un suculento estofado de carne y uno de los personajes secundarios explicar que la caza no está reñida con el cuidado de especies y marismas o bosques. Sorprende… y mucho.

«Volando juntos» no pasará a la historia del cine pero sí es un sólido y agradable entretenimiento para toda la familia. Lo que cuenta es valorable y honesto, pues intenta evitar los buenos y los malos, en la medida de lo posible e inculcar el ecologismo de forma más serie. De hecho, no sabemos si por casualidad pero al salir de la sala, entraba a la siguiente sesión una madre con dos hijas. Las niñas se las veía ilusionadas de ir al cine pero no molestaban a nadie y se las veía formales. Al salir por el pasillo del multicine, otros padres no sabían que hacer con sus retoños que gritaban, corrían y se arrojaban al suelo. La cinta era otra… con muchos «ruiditos y lucecitas». Nos hizo reflexionar.

 

 

Volando Juntos
5.5Nota Final
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