La actuación de Rosalía en los premios Goya no ha dejado indiferente a nadie. Hay quien la alaba y hay quien la detesta. Este país es así. Siempre dividido en 2, ante cualquier cosa. O del Barça o del Madrid, o derecha o izquierda, o pijo o jevi, o hater o lover, Nocilla o Nutella. Una estúpida dicotomía que lo confunde todo, no hay término medio ni escala de grises que valga. De todo hay que opinar, mejor si es mal, y más ahora que las redes sociales lo magnifican todo.

 En mi opinión, lo de Rosalía fue un acto inteligente de desafío, algo que siempre agradezco en cualquier manifestación artística. Una declaración de intenciones y una salida por la tangente que cumplió su cometido. Atacar Me quedó contigo, una canción de Los Chunguitos (Válgame!!), a capela y con un coro me pareció algo tremendamente osado y hermoso. Nada de tópicos, ni guitarras, ni cajones ni palmas. Con el color rojo dominando el escenario, la pasión casi podía tocarse gracias a una sentida interpretación. Por un momento temí que su voz fuera a quebrarse como lo hacía yo por dentro, pero Rosalía aguantó como buena profesional que es. La versión de Rosalía se centró en la letra y en las voces. Despojada de todo adorno, su versión mejora al original. Y funcionó, a menos para mí. Reconozco que me emocioné con una canción que nunca me había dicho nada, quizás fueran los prejuicios o la caduca producción ochentera del tema original.

Que Rosalía está hasta en la sopa y que el fenómeno Rosalía es un producto de marketing no lo discute nadie. También lo fueron, salvando las distancias, Elvis, The Beatles o Frank Sinatra. Pero detrás debe haber talento. Lo del marketing es accesorio y sirve para llegar a millones de personas y vender miles de copias pero la magia se tiene o no se tiene. Sin magia, sin talento para emocionar al público, cuando la burbuja mediática explota nadie se acuerda de ti pasado un tiempo. A mí Rosalía me emocionó y me pareció una actuación modélica, mucho mejor que cuando se pone a imitar a Rihanna. Solamente hay que comparar su actuación con la que vino poco después de Rozalén y Amaia (fallo técnico aparte) para entender la diferencia entre una obra de arte de una verbena. Rosalía 1, Rozalén 0.

 He de admitir que los premios del cine me dan bastante igual, los sigo muy tangencialmente y no suelo quedarme hasta las tantas viendo entregas de premios como los Oscars o Los Goya. Pero esta vez, un poco por casualidad, sí les presté atención. Reconozco en esta gala de los Goya lloré tres veces (venga, soy muy flojo). Dos fueron de emoción, con Rosalía y el formidable discurso de Jesús Vidal, y la tercera de risa con Berto y Broncano. Llamadme chusma.

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