Jason Reitman tuvo su momento de gloria a finales de la pasada década con “Juno” y “Up in the air”, dos cintas con las que consiguió un “status” en Hollywood, con nominaciones a mejor película y director. Uno de esos directores que partiendo de presupuestos menores conseguía comedias dramáticas independientes que gustaban tanto a la crítica como al público. Sin embargo, su estrella fue apagándose paulatinamente y ni “Young adult”, ni “Una vida en tres días”, ni “Hombres mujeres y niños” y ni “Tully” conseguían emular los éxitos del pasado. Parecía que con “El candidato” podía reverdecer esos viejos laureles, ya que los dramas de época ambientados en las investigaciones periodísticas de temas políticos siempre han sido oscarizables pero visto el irregular resultado entendemos su ninguneo entre las nominadas de este 2019.

Nota: 50

Y eso que la primera escena es asombrosa como puesta en escena, con un largo plano secuencia de la nominación demócrata de Mondale frente a Hart para las elecciones de 1984, donde fue masacrado por Ronald Reagan. Allí la cámara va transitando entre los diferentes medios de comunicación para elevarse hasta la habitación de hotel donde se encuentra el candidato perdedor. Una elipsis narrativa nos lleva cuatro años más tarde. donde Hart es el gran favorito (de hecho ese es el título original “The front runner”) para alzarse con la nominación demócrata de 1988 frente a George Bush padre, al que veían superable. Y a partir de ahí toda la trama gira en torno a las tres semanas de campaña, su relación con la prensa (sobre todo la preferencia por el Washington Post) y la catástrofe al conseguir el Miami Herald un sórdido “lío de faldas” que le colocó en el punto de mira al ser un hombre casado.

El problema radica en que la cinta tarda demasiado en arrancar, ya que de la hora y cincuenta minutos de metraje, los primeros cuarenta minutos, tras el buen arranque, se convierten en una verborrea que no aporta nada entre los diferentes periodistas, los equipos de campaña y el entorno de Gary Hart. Mucha charla insustancial para llegar al yate en Florida donde cambiará todo, al descubrirse mediante una llamada (más o menos anónima) el adulterio. A partir de ahí, la prensa se convierte en “amarillista” y toda la caravana que sigue al candidato deja a un lado las propuestas presidenciales para “lanzarse a la yugular” buscando la venta de periódicos. Además, esto se refuerza porque Hart intenta no hablar nunca de su vida privada, aunque se apunte que es debido a su condición de mujeriego. Y ahí el mediocre guion se eleva un tanto al ofrecernos como el público demanda (demandamos) escándalos sin pensar como hunde vidas ajenas y ciertas personas se convierten en daños colaterales de la noticia, aunque, por desgracia, todo es contado entre altibajos, sin mostrar nada en claro, con un ritmo atropellado y una puesta en escena demasiado rápida, con mucha charla intrascendente que no aporta nada.

En lo que si funciona es en la ambientación y labor actoral, pues todo el diseño de producción nos lleva al final de los ochenta de forma admirable, con una fotografía de su habitual Eric Steelberg conseguida y que intenta plasmar el grano de las cámaras de la época. El protagonista es un Hugh Jackman que cumple a la perfección, aunque en toda esa primera parte de “cháchara sin sentido” apenas aparezca y solo sea una sombra o una mención. Le acompañan los siempre eficientes J.K. Simmons (como jefe de campaña) y Alfred Molina como director del Washington Post) y la notable Vera Farmiga ( como sufrida esposa de Hart) que va ganando peso dramático según avanza el largometraje.

Y es una pena el decepcionante resultado pues lo que cuenta es mucho más interesante que como lo cuenta y ahí si entramos en si el periodismo ha cambiado en todos estos años. parece que no, ni en Estados Unidos ni en España o el resto del orbe, pues cada vez vemos como las televisiones y diarios, en buena medida desde la llegada de los medios digitales, buscan cómodas posiciones basadas en el morbo, lo sórdido y lo “chusco”, dejando el periodismo comprometido con la objetividad y verdad para otra ocasión y así, a muchos, nos resulta “estomagante” ver o escuchar esas “tertulias basura” (provenientes del mundo de la prensa “rosa” o “amarilla”) donde el discurso ya está estudiado, donde todos los tertulianos dicen lo que se espera de ellos sin aportar ningún dato para el debate, solo posiciones ideológicas con poca o nula argumentación, basada en el exabrupto y la descalificación personal pero que, sin embargo, consigue numerosos televidentes, oyentes o lectores. Una forma de entender el periodismo, salvo los artículos de opinión de unas cuantas firmas destacadas, lejos de la pausa y el sosiego que explican temas complejos y reducidos a lo primario o sentimental. Supongo que esa mediocre política es la que merecemos los mediocres votantes, ese apelar a las vísceras y no a la razón con la que nos intentan convencer. La que aparece en “El candidato” no es manipuladora pero en aras del titular busca temas escabrosos de la intimidad de las personas frente a los proyectos o palabras. Y es que la retórica y la mayeútica ha muerto frente a la turba y el linchamiento público de rumores y “secretos de alcoba”.

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