JLLas biografías musicales no son mi fuerte, lo reconozco, para qué vamos a andarnos a estas alturas de la película con tonterías. Seguro habrá cientos de concienzudos aficionados al dato por mayor, pero no es mi caso, cuando me enfrasco en la lectura de algún músico, y comienzan a fraguarse pormenores técnicos de grabaciones o gestaciones de discos, reconozco que me termino aburriendo, que todo aquello que rodea a la creación de cualquier obra musical, me interesa, evidentemente, pero cuando aquello se convierte casi en una clase de matemáticas aplicadas, termino dándome el piro.

En el mundo del rock, la música es lo importante, el meollo de la cuestión, pero todos aquellos excesos que crean al mito, también son fundamentales. ¿Qué sería del rock and roll sin la leyenda que le rodea?, pues otra música vulgar en actitud, por muy efervescente que se presente su sonido. Así que imaginad cuando me encuentro con la biografía de John Lydon en mis manos, y compruebo que son seiscientas páginas las que giran alrededor de su historia.

Lydon o Rotten, como prefiráis, no es un tipo muy querido en muchos sectores del rock, y eso lo he podido comprobar en las redes sociales cada vez que comentaba alguna sensación sobre el libro, pero es parte fundamental de la historia como vocalista de los Sex Pistols, que fueron una patada en los cojones de lo establecido, por mucho que alguno se niegue a darles la importancia que merecen, o se empeñen en minimizarla, buscando precedentes en los U.S.A., sin comprender que una historia es complementaria de la otra.

Una cosa quiero dejar clara: antes de comenzar a leer el libro pensaba que Lydon era un gilipollas, y lo sigo pensando, pero algo ha cambiado en mi forma de ver al tipo en cuestión porque, en el fondo, te das cuenta de que está más cerca de cualquiera de nosotros que todos esos rock stars perdidos en el limbo místico del plano superior.

Leer la historia del vocalista, contada por él mismo, es como sentarte frente a un viejo colega repleto de batallas por contar, con un buen puñado de cervezas en la mesa. A veces embarullado, otras locuaz y brillante, va desgranando su vida como él la ha vivido, se ajuste o no luego a la realidad. Como en cualquier conversación, muchas veces estás con los ojos como platos y el radar al máximo, para no perderte nada; otras divagas en cualquier pensamiento, porque piensas que lo que te cuenta, no te importa, pero en esto consiste esto, en soltar todo aquello que tenga que decir, y Lydon, se queda a gusto. Lo mismo te habla de su niñez y vida familiar, siempre desde el respeto y sin traspasar demasiado el límite de la privacidad, que de sus gustos musicales, su relación con el negocio o su pasión por el fútbol y el Arsenal.

Para mi desgracia, se centra poco en su carrera con los Sex Pistols, empeñándose sobre todo en atacar a Malcolm McLaren, reuniendo fuerzas para desmontar aquello que cuentan de que todo fue un invento del mánager, e intentar poner a las claras las carencias de este, además de mostrar una actitud casi paternal con Sid, al que presenta como un inocente, y recordar que sus compañeros de banda eran unos capullos. Por otra parte, como es lógico, se explaya en su carrera en solitario con P.I.L., en su lucha contra mánagers y discográficas, y en su «yo contra el mundo». Por eso, al final, las seiscientas páginas, van pasando junto a la historia de un tipo que se ve a si mismo como una estrella que inventó todo lo que revolucionó el mundo de la música (me gustaría ver un cara a cara de este con Gene Simmons, a ver cual de los dos se atribuye más historias), y que reconoce ser un bocazas, lo que le ha proporcionado múltiples disgustos, reconociendo arrepentirse de más de uno de ellos.

Como decía al principio, Lydon me sigue pareciendo un gilipollas, pero aún así, tiene ese algo especial que le haga merecerse su sitio entre los grandes de este negocio. Es un acierto, y una suerte,  que Malpaso edite en nuestro país estas memorias autorizadas del vocalista punk por excelencia. La historia de un tipo peculiar contada por él mismo que, como es lógico, barre para casa, pero cuando tiene que agachar las orejas y reconocer sus errores, no le duelen prendas. Igual tengo que volver a dar una oportunidad a P.I.L.

by: Carlos tizon

by: Carlos tizon

Licenciado en el arte de apoyar el codo en la barra de bar. Comencé la carrera de la vida y me perdí por el camino, dándome de bruces con el rock and roll. Como no pude ser una rock star, ahora desnudo mi alma cual decadente stripper de medio pelo en mi blog, Motel Bourbon.

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