Humphrey Cobb fue un joven rebelde que no le iba bien con los estudios y, al estallar la Gran Guerra (IGM), decidió ser uno de los primeros voluntarios en alistarse al ejército canadiense. Luchó en la batalla de Amiens y fue herido por lo que vivió de primera mano lo que fue el conflicto y lo que se cocía en las trincheras. Casi 20 años después leyó un artículo en la prensa sobre la absolución de cinco soldados franceses que fueron fusilados por su propio ejército durante dicha contienda bélica. La indemnización del gobierno francés a las viudas fue de un franco por cabeza. La indignación se apoderó de Cobb y empezó a investigar el caso. De ahí surge “Senderos de gloria”, un relato crudo, sucio, realista, sin contemplaciones, casi en plan documental, golpeándote de pleno en la cara sobre las condiciones en que se luchaba y sobre las costumbres y las tan actualmente de moda “castas” militares de la tropa gala.

[divider]LIBRO[/divider]

La trama de la novela es sencilla. El alto mando francés ordena a un regimiento francés tomar una colina llamada “El grano”, totalmente inexpugnable, que hasta ese momento les ha llevado de un intento fallido a otro con múltiples bajas. El regimiento lo asume y se prepara para ello, pero el abrumador bombardeo y fuego de ametralladoras por parte del bando alemán prácticamente les impide salir de las trincheras. Los pocos que consiguen salir caen muertos en el intento o a los pocos metros, salvo alguna excepción que al verse solo decide volver. Este hecho sirve de excusa al General al mando para diezmar a sus propios hombres y dar ejemplo entre ellos. Tras varias charlas con otros oficiales consiguen convencerlo para que rebaje sus pretensiones a juzgar a un hombre por batallón, 4 en total, que deberán ser elegidos por sus respectivos responsables. El resto es la inquebrantable lucha entre la maquinaria de guerra y judicial militar contra la razón, del odio y la soberbia contra la camaradería y el sentido común.

El lenguaje empleado por Humphrey Cobb es muy coloquial, especialmente en la primera parte del libro, donde nos va contando cómo es la vida de los soldados franceses en el frente, qué es lo que piensan, de qué hablan entre ellos, cuáles son sus preocupaciones, las manías y convicciones que tienen respecto a cómo seguir vivos en una contienda en la que, la gran mayoría de ellos, están convencidos que saldrán con los pies por delante.

La segunda parte del texto ya entra de pleno en el intento de asalto a “El grano” y a la consecuente reacción de los mandos, intentando ocultar sus propios errores montando un arbitrario consejo de guerra a lo que ellos tratan como mera carne de cañón para lograr sus medallas y honores. La vergüenza en que se convierte el juicio, con algunos puntos en los que el propio Cobb pone el dedo en la llaga para dar más énfasis a la barbaridad cometida. Aquí la narración ya es más sucia, más cruda, más ácida y crítica, dejando claro el papel de cada personaje, sin funambulismos ni artificios sino directo a la yugular. El final es de los que pone la carne de gallina y te hace tragar saliva sin parar porque la boca se ha quedado seca, exactamente igual que a los hombres que, mojados, sucios, cansados y sin esperanza, con un cigarrillo en la boca, se agazapaban en las trincheras del frente durante la Primera Guerra Mundial, que hace poco cumplió su primer centenario y nos sirve de pretexto para rememorar una de sus obras clave.

[divider]PELÍCULA[/divider]

Más de 20 años después, el guionista Jim Thompson fue transformando la novela de Humphrey Cobb en un guión filmable, modificando determinadas cosas, mientras Stanley Kubrick buscaba financiación y un actor principal que atrajera el dinero necesario para invertir y hacer rentable la película. Hablaron con United Artist, entre otros, y sondearon a Richard Burton, James Mason y Gregory Peck (que estaba decidido a hacerla, pero al terminar sus compromisos) hasta que Kirk Douglas, vistas las prisas de Kubrick y que podía perder el papel, cambió sus planes de trabajo para financiar Senderos de Gloria con su productora Bryna, reservándose el papel principal, que en el caso del guión cinematográfico pasaba a ser el del Coronel Dax.

Kubrick viajó a Alemania y dio el visto bueno a los estudios Geiselgasteig, muy cerca de Munich, que además contaba con la ventaja de estar a pocos kilómetros de unos parajes perfectos para rodar las escenas bélicas, así como el viejo castillo que se convierte en cuartel general del alto mando. Tan solo quedaba por cerrar el guión ya que Kubrick quería una película comercial y cambió en todos los escritos iniciales el final para lograr el favor del público. Finalmente lograron convencerlo de la irracionalidad de tal decisión, pues desvirtuaba toda la historia, y escribieron el final que definitivamente se rodó, añadiendo una pequeña escena final bastante nostálgica y emotiva donde aparece la única persona de nacionalidad alemana de toda la filmación. Hablamos de Christiane Harlan, una jovencita germana que poco antes había pasado por las sábanas de Stanley Kubrick y que, con el tiempo, acabaría convirtiéndose en su tercera mujer.

El argumento de la película se centra en la obra de Cobb, aunque con ciertos cambios. Aquí el protagonista absoluto es el Coronel Dax, interpretado por Kirk Douglas, que lucha en dos frentes a la vez, en primera línea de batalla junto a sus hombres y en los despachos del alto mando contra la anquilosada mentalidad de los generales que solo piensan en mantener su jerarquía y posición sin mácula, independientemente de la moralidad o corrección de las acciones ordenadas.

El General Boulard (Adolphe Menjou) llega desde el alto mando para transmitir la orden al General Mireau (George McReady) de asaltar una colina infranqueable dominada por el ejército alemán, llamada en este caso El Hormiguero. Mireau, en un principio se niega dado que es imposible, pero aquí aparece esa doble moral corrupta de los cargos dominantes prometiendo su ascenso sin decirlo claramente, lo que hace cambiar de opinión al General.

Mientras tanto, Kubrick nos va mostrando cómo es la vida de los soldados en las trincheras con unos maravillosos travellings siguiendo a Dax o a Mireau para repasar a la tropa y animarla, o con unos grandiosos planos de seguimiento, especialmente logrados en la patrulla previa al asalto y en la batalla misma. Posteriormente se ha logrado saber que esa forma de rodar que tanto nos maravilló fue un homenaje de Kubrick a su adorado Max Ophuls, famoso por sus largos planos y su negación a los cortes rápidos y los primeros planos intrascendentes. Kubrick siguió su ejemplo y se guarda todos los primeros planos para escenas donde el enfrentamiento entre los personajes lo requiere.

Stanley Kubrick, tras la buena acogida de “Atraco perfecto”, quería otro éxito y cada vez fue mostrando más su carácter obsesivo, llegando a ser él mismo el que rodaba la mayoría de las escenas.

El desarrollo de los actos previos al juicio, el propio consejo de guerra y, especialmente, las posteriores maniobras de Dax por conseguir una reacción liberadora del General Boulard son magistrales (las escenas del fusilamiento en sí mismo ya son enormes por sí solas). Son escenas donde Adolphe Menjou da rienda suelta al cinismo y a la bajeza humana propia de los poderes fácticos, intentando comprar al Coronel Dax y dejando al General Mireau como cabeza de turco de la barbaridad cometida pero envolviéndolo con un papel apto a la escala moral de los militares de la época, sin admitir el error propio. Dax se niega y nos lleva a un final que nos devuelve un poco la fe perdida. La tropa reunida en la cantina se dedica a beber y a jalear la aparición de una joven teutona recién llegada para alegrarles la vista y hacerles pasar el rato. Esta, llorando, se pone a cantar y consigue emocionar a todos los presentes que, primero callan y luego se unen a ella consiguiendo un efecto redentor y emotivo único. Mientras tanto, Dax está fuera recibiendo la orden de volver al frente inmediatamente en una escena maravillosa en la que Kirk Douglas responde a su sargento “déjelos un rato mas”.

El resultado final es una de las mejores películas antimilitaristas de toda la historia del cine, no solo por su mensaje, sino por su calidad técnica, por su excelente fotografía en blanco y negro, su apabullante dirección, sus buenas interpretaciones y su excelente manera de quitarnos la venda de los ojos. El propio Winston Churchill llegó a decir que Senderos de Gloria se acercaba más que cualquier otra película a la atmósfera de la Primera Guerra Mundial.

 

by: Eduardo Garrido

by: Eduardo Garrido

Roquero, cinéfilo, lector empedernido que estudió Derecho para trabajar en una biblioteca y disponer de pelis, discos y libros a mano

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