Soy Fernando Pardo, llevo metido en grupos desde 1983, y actualmente soy guitarrista en Sex Museum y Los Coronas. He tocado con un montón de bandas durante estos años; en proyectos duraderos, de una sola gira o de un solo concierto y casi siempre orientados al rock. Soy de los que dice que si a todo y no me pierdo una. Llevo más de 30 años dando vueltas con una guitarra a cuestas y me gusta. Pensé que los músicos eran los piratas de nuestro tiempo y me lancé a la carretera con 20 años, después de darme cuenta que la universidad no me ofrecía nada especialmente excitante. Me gusta hacer las cosas a mi manera y prefiero ser cabeza de ratón que cola de león, por eso desde el principio me zambullí en el mundo de la música alternativa o independiente. Soy contradictorio y creo en la capacidad de equivocarse como forma definitiva de libertad. La rutina me aburre y pierdo fácilmente el interés cuando algo no me parece un reto o algo emocionante, lo que me convierte en un incómodo compañero de viaje, pero un buen conversador. Cada vez me cuesta más distinguir entre lo real y lo irreal y prefiero los caminos poco transitados, la gente poco convencional y el licor puro.


Entrevista a Fernando Pardo

¿Cuál es tu primer disco comprado?

La primera vez que fui a una tienda a comprar un disco creo que fue el 20 Golden Greats de los Shadows (20 Grandes éxitos). Un disco doble amarillo, con un dibujo de la sombra de las dos guitarras y el bajo en la portada con una advertencia muy de la época que decía “Número Uno en Inglaterra”. Mis padres eran muy fans del grupo, pero por lo que fuera en mi casa no había muchos discos de los Shadows. Creo que fue en diciembre del 77, por mi cumple, y la verdad es que ahora dudo si fue ese el primero o el 20 Golden Greats de los Beach Boys, de la misma colección, con una portada azul con el dibujo de un tío haciendo surf. Compré los dos discos casi a la vez, pero no recuerdo cuál pillé antes.

¿Cómo y dónde?

En el Corte Inglés de la Castellana. Hasta ese momento oía la música en la radio, en la casa de un amigo del barrio, los discos de mis padres o cassetes grabados por amigos. Como nadie de mi entorno tenía este disco para poder grabarlo me decidí a comprarlo, tenía 12 o 13 años. En las tiendas que había cerca de mi casa no conocían ni a los Shadows ni a los Beach Boys y tuve que irme un poco más lejos para conseguir los discos que quería.

¿Qué disco es tu “guilty pleasure”?

Soy muy ecléctico y no le hago ascos a nada. Oigo cualquier cosa, aunque no me guste, por saber qué es lo que se hace por ahí. No siento culpabilidad por oír ningún tipo de música, es medicina para mí. Tengo una profunda, larga y placentera relación con la música.

¿Vinilo o CD?

Ahora compro más vinilos de nuevo, como en los viejos tiempos, aunque en una época compré en CD casi todo lo que salía nuevo; era música grabada con ese formato en mente y me sonaba mejor así. Lo que descubrí pronto era que las reediciones en CD de algunos discos sacados originalmente en vinilo, sobretodo de rock crujiente, no sonaban igual. Las masterizaciones noventeras de los Stooges, los Who, Led Zeppelin o MC5, eran bastante malas, se buscaba que sonara todo muy limpio y en el proceso le quitaban las frecuencias que tenían todo el veneno, las “medio-graves”, la “suciedad” que había hecho peligroso al rock. Una conspiración en toda regla. Así que casi todo el material anterior al CD seguí pillándolo en vinilo, segunda mano a saco.

¿Tu última compra?

Compra de varios vinilos de segunda mano: Check This Action de los Leroy Brothers, un Best Of de Hank Thompson, Corps & Armes de Etienne Daho, Spectrum de Billy Cobham, No Secrets de Carly Simon, uno de Ricky Nelson de los 70s y una reedición de Munster Records de Flamenco, un grupo sevillano de principio de los 70. Pocas novedades.

¿Tu disco favorito para animarte?

“Hurrigane” – The Hurriganes

¿Tu disco cuando estas nostálgico?

Tengo mis recopilaciones o listas de reproducción con canciones escogidas para cada estado de ánimo, pero el “Take a Picture” o “27 Demos” de Margo Guryan andan siempre por ahí revoloteando en esos momentos.

¿Qué sonaría en tu funeral?

Una micro pinchada, primero Il Mio Canto Libero de Lucio Battisti, – ¡melodrama italiano en su plenitud! -, seguida de Seabird de los Alessi Brothers y para rematar la fiesta Sugar Baby Love de los Rubettes, – ¡sonrisas, falsetes y lagrimones hasta el infinito! -.

¿Tu banda sonora favorita?

“Jesucristo Superstar”, “Hasta que llegó su hora” o “Ciudad de Dios”, todo muy religioso. Me cuesta bastante elegir, hay montones, me encantan las bandas sonoras, mientras hago esto, por ejemplo, estoy oyendo la de “El Hombre de los Puños de Hierro”.

¿Dónde escuchas más música?

En casa tengo varios amplificadores de los 70, del estilo del que tenían mis padres en casa, de esos de frontal plateado. Me he acostumbrado a ese sonido y los he ido comprando a lo largo de los años y hasta los MP3 me suenan bien si los oigo ahí. Tengo varios: Pioneer, Kenwood, Sansui, Sony portátiles…, todos antiguos, grandes y pesados, de los que tenían los graves justos, los medios rotundos y los agudos nunca chirriaban. En el metro suelo ir con cascos, vivo en el centro de una ciudad muy ruidosa y la música me ayuda a crear mi propio “ruido”, que tolero bastante más que el ajeno.

10 discos que nunca te separarías de ellos y por qué?

Estos son los 10 de esta semana, el mes que viene probablemente elegiría otros, pero estos representan igualmente algo importante en mi vida.

“The Specials” – The Specials. Hasta entonces (1979/80) la música que oía era “música de mayores”, que me gustaba mucho pero no la sentía mía. Creo que este fue el primer disco que compré y con el que me sentí profundamente identificado. No era simplemente música de sentarse y escuchar, era música que entraba en tu vida y la cambiaba. Mirando la portada pensaba “joder, yo soy como ellos, ¿dónde hay gente así en Madrid?”. A parte de lo musical, que era contagioso y totalmente fresco, el disco rezumaba subcultura y tribus urbanas, con el espíritu punk aún muy cercano. Era como una de esas relaciones en las que se disfrutaba de compartir secretos, una relación de compinches, en el momento que empezaba mi transición de los patinadores a los mods y mis padres ya no pintaban nada en mi vida.

“Kings Of The Wild Frontier” – Adam And The Ants. Es la banda sonora de mis fiestas de adolescencia. Llegaron de improviso arrasando con todo e hicieron que mi principio de los 80’s brillase más. Su mezcla loca de Spaghetti Western y ritmos tribales lo convertían en la música perfecta para las fiestas de los niños perdidos de Peter Pan. Antes de que acabaran montando un Resort de lujo en la “Isla del País de Nunca Jamás”.

“Give The People What They Want” – The Kinks. Cualquier disco de los Kinks valdría para la lista, de hecho, podría haber hecho la lista solo con discos suyos. Este fue el regalo de mi 17 cumpleaños, junto con el “Face Dances” de los Who. El de los Who se lo regalé a una chica de mi clase al cabo de unos meses, pero este me lo quedé y lo escuché constantemente año tras año, hasta colocarse en mi top 3 de discos favoritos de los Kinks junto a “Arthur” y “Lola Versus Powerman”.

“Hurt” – Chris Spedding. No se puede molar más que Chris Spedding en esta época, 1977. Para este disco contó con algunos de los mejores músicos ingleses de sesión de la época y se nota; una superbanda con Herbie Flowers al bajo, Clem Cattini a la batería y Chrissy Hynde, antes de montar los Pretenders, a los coros. Es uno de los culpables de que no enganche del todo con el rock hecho a partir de mediados de los 90. Qué hijoputa¡, ahora que lo pienso me doy cuenta de que me jodió la vida al anclarme en todo lo viejo molón; guitarras, discos, cazadoras, motos, relaciones, recuerdos….

“Something Anything” – Todd Rundgren. Todd venía de una galaxia donde la gente era más guay, como Superman, pero en rock. Un recordatorio constante de mis limitaciones y de que tal vez la música no sea lo mío, aunque lo disfrute a saco. La banda sonora de una vida que vivió otro en mi lugar; en Hudson Falls, en los años 70, en un pueblo como el de las Vírgenes Suicidas.

“Code Blue” – Code Blue. He oído este disco un millón de veces desde que salió, en el año 81, aún en el instituto. Uno de esos discos que parecía que me hablaban sólo a mí; esa sensación totalmente irracional que te lleva a pensar que un disco está hecho para ti y que solo tú puedes comprenderlo de verdad. Parte de su encanto es que Code Blue eran unos “perdedores” en su máxima potencia, de esos que si no lo petan se deprimen y se pasan décadas lloriqueando. Pobre Dean Chamberlain, a principio de los 80s creía que el mundo sería suyo, pero no, al final lo fue de los Dire Straits y de U2, vaya mierda, ¿verdad Dean?

“Let There Be Rock” – AC/DC. La formación definitiva del rock: Bon Scott, Angus y Malcolm Young, Phil Rudd y Mark Evans, difícil tener tanto motherfucker junto en un solo grupo. Y para rematar Vanda y Young a los mandos, el equipo perfecto. En los conciertos de Sex Museum me paso la mitad del tiempo remoloneando alrededor del riff de Bad Boy Boogie y funciona. Bueno, o eso me parece.

“Out Of Their Skulls” – The Pirates, el Pub Rock inglés de final de los 70 me pone más espídico que una dexedrina con chile habanero y este disco está en la cumbre; un poco por delante del First Offense de los Inmates y el Cross Cuts de los Bishops. Al grito de “We’re All In It Together”, el pub rock y el revival garagero evitaron que entraran en mi vida los 80s de las hombreras, los cardados y los pantalones bombachos.

“High Time” – MC5. En casa teníamos un single español de su versión de Tutti Frutti, música de mayores que sonaba peligrosa y desafiante. Me pasé años buscando sus LPs hasta que en un viaje a París me hice con ellos. Musicalmente eran la bomba, literalmente, pero además había algo en su imagen que me hipnotizaba, se les veía como un grupo de colegas dispuestos a pasar por encima de todo; chungos y molones a partes iguales. Cuando empezamos con Sex Museum, buscaba casi más un espíritu pandillero como el suyo que un estilo musical definido. La idea era tomar el mundo al asalto con una banda de rocanrol desaliñado. Con el tiempo me di cuenta de que el mundo de la música ya no era lugar ni para hacer pandillas ni para cambiar nada más que la cuenta corriente de cada uno.

“Pablum” – Claw Hammer. Rock personal y sin aderezar; crudo, áspero, potente, desafinado, poco refinado y a veces rozando la histeria. Música extrema para gente extrema; la antítesis del punk para adolescentes y el grunge edulcorado que se hacían a mediados de los 90. Creo que este disco fue el último que me hizo sentir que era parte de algo que estaba vivo. A partir de entonces ocurrió algo y llegó la nostalgia y se impuso lo retro. El rock perdió filo y empecé a disfrutar la música de otra manera; mas con canciones sueltas que con discos completos, una vuelta al single y las recopilaciones. La aventura que comenzó con el disco de los Specials en el 80, terminó un par de años después de que saliera este disco, hacia el 95. Ya no enganché con discos enteros, ya no estaban hechos para mí, ya no me hablaban mirándome directamente a los ojos. Desde luego que se ha seguido haciendo música cojonuda que sigo disfrutando, pero por algo que no he acabado de descubrir, ya no vibra en la parte de mi cerebro donde vibraba antes. Lo bueno de todo esto es que volví a disfrutar de la música de los mayores, qué tampoco estaba tan mal, y descubrí montones de discos cojonudos a los que no había hecho caso por puro prejuicio adolescente. Es lo que tiene vivir las cosas tan intensamente.

Una Respuesta

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    Marcos

    Impresionante selección, que le den ya un programa en la televisión. El mundo necesita mas gente así.

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