Este fin de semana me apetece cambiar de poeta. Os traigo un bello poema de Rimbaud, escrito en el primer semestre del año 1869. Se titula El ángel y el niño. Un poema que encierra una pequeña historia que no voy a desvelar con ninguna explicación para que su belleza os sorprenda. Porque ya sabemos que la belleza es uno de los sentidos de la verdad. La verdad de la forma. Y solo se entrega a sus mejores amantes.

 

ARTHUR RIMBAUD

 

L’ange et l’enfant

 

Et déjà la nouvelle année avait accompli son premier jour,
Jour bien agréable pour les enfants, si longtemps attendu et si vite oublié !
Enseveli dans un sommeil souriant, l’enfant assoupi s’est tu…
Il est couché dans son berceau de plumes ;
Son hochet sonore gît à terre près de lui,
Il se le rappelle, et fait un rêve heureux ;
Et après les cadeaux de sa mère, il reçoit ceux des habitants du Ciel.
Sa bouche s’entrouvre, souriante ; ses lèvres à demi ouvertes paraissent invoquer Dieu.
Près de sa tête un Ange se tient incliné vers lui :
Il épie les faibles murmures d’un cœur contemple ce visage céleste ;
Il admire les joies de son âme, et cette fleur que n’a point touchée le vent du sud :
« Enfant qui me ressembles,
Viens, monte au ciel avec moi ! Entre au divin séjour ;
Habite le palais que tu as vu dans ton sommeil,
Tu en es digne ! Que la terre ne retienne plus un enfant du Ciel !
Ici-bas, on ne peut se fier à personne ;
Les mortels ne caressent jamais de bonheur sincère ;
De l’odeur même de la fleur surgit quelque chose d’amer,
Et les cœurs agités ne connaissent que des joies tristes ;
Jamais le plaisir n’y réjouit sans nuages,
Et une larme luit dans le rire incertain.
Eh quoi ? Ton front pur serait flétri par la vie amère,
Et les soucis troubleraient de pleurs tes yeux d’azur ?
Et l’ombre du cyprès chasserait les roses de ton visage ?
Non, non ! Tu entreras avec moi dans les régions divines,
Et tu joindras ta voix au concert des habitants du Ciel.
Tu veilleras sur les hommes restés ici-bas, et sur leurs agitations.
Viens ! Une Divinité rompt les liens qui t’attachent à la vie.
Mais que ta mère ne se couvre pas de voiles de deuil !
Qu’elle bannisse le sourcil triste, et que tes funérailles n’assombrissent pas son visage,
Mais qu’elle leur donne plutôt des lys à pleines mains :
Car pour un être pur son dernier jour reste le plus beau ! »
A l’instant, il approche son aile délicatement de sa bouche rosée,
Le moissonne, sans qu’il s’en doute, et reçoit sur ses ailes d’azur l’âme de l’enfant moissonné, Et l’emporte aux régions supérieures en battant doucement des ailes…
Maintenant le berceau ne garde plus que des membres pâlis, qui ont encore leur beauté,
Mais le souffle vital ne les nourrit plus et ne leur donne plus la vie.
Il est mort !… Mais, sur ses lèvres que parfument encore les baisers,
Le rire expire et le nom de sa mère rôde,
Et en mourant il se rappelle les cadeaux de ce premier jour de l’an.
On croirait ses yeux appesantis clos par un sommeil tranquille.
Mais ce sommeil, mieux que d’un nouvel honneur mortel,
Je ne sais de quelle céleste lumière il entoure son front ;
Il atteste que ce n’est plus un enfant de la terre, mais un fils du Ciel.
Oh ! De quelles larmes sa mère pleure son enfant enlevé !
Et comme elle baigne de pleurs ruisselants sa tombe chérie !
Mais, chaque fois qu’elle ferme les yeux pour goûter le doux sommeil,
Un petit Ange lui apparaît, du seuil rose du ciel, et se plaît à l’appeler doucement : Maman !…
Elle sourit à son sourire…
Bientôt, glissant dans l’air, il vole, avec ses ailes de neige, autour de la mère émerveillée
Et joint aux lèvres maternelles ses lèvres divines…

 

 

El ángel y el niño

 

Y ya, el nuevo año había cumplido su primer día,
día muy grato para los niños, tanto tiempo esperado ¡y tan pronto olvidado!
Enterrado en un sueño feliz, el niño adormecido se ha callado…
Está durmiendo en su cunita de plumas;
el sonajero yace en el suelo junto a él,
lo recuerda y tiene un sueño dichoso;
y después de los regalos de su madre, recibirá los de los habitantes del Cielo.
Su boca se entreabre, sonriente; sus labios medio abiertos parecen invocar a Dios.
Cerca de su cabeza un Ángel se mantiene inclinado hacia él:
espía los débiles murmullos del corazón, contempla tan celestial rostro;
admira los goces de su alma, y esa flor que no ha podido tocar el viento del sur:

«Niño que te me pareces,
ven, ¡sube al cielo conmigo! Entra en la divina estancia;
habita el palacio que has visto en tu sueño,
¡eres digno de él! ¡Que la Tierra no retenga más a un niño del Cielo!
Aquí abajo, no se puede confiar en nadie;
los mortales no acarician nunca la felicidad sincera;
de la esencia misma de la flor surge algo de amargura,
y los corazones inquietos no conocen mas que los placeres tristes;
nunca la satisfacción ni el regocijo sin nubes,
y una lágrima brilla entre la risa incierta.
¿Cómo? ¿Tu frente pura será arrugada por la vida amarga,
y las preocupaciones nublarán de llanto tus ojos azules?
¿Y la sombra del ciprés hará desaparecer las rosas de tu cara?
¡No, no! Entrarás conmigo en las regiones divinas,
y unirás tu voz al concierto de los habitantes del Cielo.
Cuidarás de los hombres que se quedaron en este mundo, y de sus inquietudes.
¡Ven! Una Divinidad rompe los lazos que te atan a la vida.
¡Pero que tu madre no se cubra con la niebla de la pena!
Que ella destierre el ceño triste, y que tu funeral no opaque su rostro,
sino que le de más bien azucenas a manos llenas:
porque para un ser puro su último día ¡sigue siendo el más hermoso!»

Ahora mismo, él acerca su ala delicadamente por su boca rosada,
lo siega, sin que él lo sepa, y recibe sobre sus alas azules el alma del niño
cosechado, y la lleva a las regiones superiores batiendo dulcemente las alas…
Ahora, la cuna no guarda mas que los miembros pálidos, que aún conservan su hermosura,
aunque el aliento vital no los alimenta ni les da la vida.
¡Es la muerte! En sus labios que perfuman todavía los besos,
la risa expira y la llamada de la madre merodea,
y muriendo él se acuerda de los regalos de su primer día del año.
Parece que sus ojos cargados de sueño se cierran por un sopor tranquilo.
Pero ese sopor, más que por un nuevo honor mortal,
no sé por qué celeste luz rodea su frente;
Esto demuestra que no es más un niño de la Tierra, sino un hijo del Cielo.
¡Oh! ¡Con qué lágrimas la madre llora a su niño arrebatado!
¡y cómo baña con abundantes lloros su querida tumba!
Aunque, cada vez que ella cierra los ojos para saborear el leve sueño,
un pequeño Ángel se le aparece, del umbral rosa del cielo, y se complace diciéndole dulcemente: ¡Mamá!…
Ella sonríe con su sonrisa…
Pronto, resbaladizo en el aire, vuela, con sus alas de nieve, alrededor de la madre maravillada
juntando los labios maternales con sus labios divinos…

 

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