Continuamos con la serie Las Flores del Mal. En este caso con el poema número IX, Le mauvais moine, el mal monje. Donde Charles Baudelaire se autocritica, comparándose con los monjes de otras épocas, más austeros y anónimos, que descansaban la soportabilidad del ser en una posible salvación futura. Una dicotomía entre lo que es ser monje y poeta. Entre soportar y nombrar lo soportado. Quedarse o buscar la libertad propia.

LAS FLORES DEL MAL – CHARLES BAUDELAIRE

 

LE MAUVAIS MOINE

 

Les cloîtres anciens sur leurs grandes murailles
Étalaient en tableaux la sainte Vérité,
Dont l’effet, réchauffant les pieuses entrailles,
Tempérait la froideur de leur austérité.

En ces temps où du Christ florissaient les semailles,
Plus d’un illustre moine, aujourd’hui peu cité,
Prenant pour atelier le champ des funérailles,
Glorifiait la Mort avec simplicité.

— Mon âme est un tombeau que, mauvais cénobite,
Depuis l’éternité je parcours et j’habite ;
Rien n’embellit les murs de ce cloître odieux.

Ô moine fainéant ! quand saurai-je donc faire
Du spectacle vivant de ma triste misère
Le travail de mes mains et l’amour de mes yeux ?

 

EL MAL MONJE

 

Los antiguos monasterios sobre sus grandes muros
te restregaban en cuadros la santa Verdad
cuyo efecto, calentarse las piadosas entrañas,
mitigaba el frío de su austeridad.

En esa época en la que de Cristo florecían las semillas
más de un ilustre monje, hoy poco citado
tomando por seminario el ámbito de los funerales
glorificaba la muerte con sencillez.

— Mi alma es un sepulcro que, mal cenobita
desde siempre recorro y habito;
nada arruina las paredes de este odioso claustro.

¡Oh monje perezoso! ¿Cuándo sabré yo entonces hacer
del espectáculo vivo de mi triste miseria
el trabajo de mis manos y el amor de mis ojos?

 

 

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