La superbanda valenciana debutaba en Madrid, con un sobresaliente EP bajo el brazo y grandes nombres en su currículo. Ni con esas la afluencia fue holgada. No llegábamos a cien los congregados en la Boite el pasado viernes, un dato que, sabemos, jamás condicionará a músicos de esta índole, pues salieron a matar con más condiciones en contra: acoples continuos, volumen desbocado, ruido y algo surrealista, un bombo que continuamente huía del resto de la batería.

Los muchachos se lo tomaron con humor: “Madrid, se nos mueve todo”. Y ellos a lo suyo. Atacaron con su potente arsenal de rock duro de influencia escandinava con intensos tintes color Wildhearts. Temas de su EP como “San Francisco”, “Tacones y Carmín” o “6 Puñaladas”, a los que añadieron piezas infalibles que, sin forzar, encajaban en el conjunto: el homenaje a Lemmy, “Killed By Death” y el reclamo a la figura de Ginger, un coreado “Sick of Drugs” que, por suerte, sonó pasada la primera mitad del show, cuando la voz comenzó a ser audible y fue posible diferenciar guitarras de percusión.

El grupo es un cañón, una locomotora imparable. Les faltó escenario y les faltó equipo. La actitud, las tablas y los ensayos los traen de casa, entregados con seguridad a sus propios temas, bombazos de rock que piden públicos de estadio para cantar los estribillos. Hacia el final “Mátame” y “Hierve la sangre” sonaron como debían haberlo hecho el resto, dejando, por desgracia, la horrible sensación de habernos perdido medio concierto.

Si bien canciones como estas pueden con todo, lo que podía haber sido una noche redonda se quedó en agridulce. Y, por lo que a mí respecta, me llevé una indeseable sensación de injusticia. Músicos como estos, a los que parece irles la vida en su pasión -¿no debería ser esto evidente?-, se merecen oportunidades mucho mejores. Que vuelvan pronto.

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