Crónica de Ana Mena en el Espacio Zity de Zaragoza, 12-10-2026

Conviene dejar algo claro: quien suscribe es un adicto confeso al pop y al rock oscuros, de los que huelen a sótano húmedo, a eyeliner corrido y a disco de The Cure rayado de tanto uso. Un tipo que cree que la alegría, en la música, es siempre sospechosa. Y sin embargo, esta noche, en el Espacio Zity, un servidor ha acabado con los brazos en alto, la dignidad por los suelos y una sonrisa de idiota feliz. Que lo sepan mis amigos, mi familia y todo el mundo: he caído. Viendo a Ana Mena, justo detrás mío, un ejército de niñas de entre los seis y los ocho años, cantaban sus canciones con una envidiable convicción y un volumen me hizo temer por sus cuerdas vocales. Con Pa ti toa y Carita triste el nivel de decibelios agudos rozó lo que la OMS clasificaría como emergencia sanitaria. Esa pasión de la infancia no debería perderse nunca, leñe.

Obviamente, el espectáculo de Ana Mena no está diseñado para improvisar, sino para funcionar. Todo está pensado, medido, ensayado y ejecutado con una precisión de reloj suizo. Las coreografías son de estrella total del pop, de las de verdad (más Dua LIpa que Lady Gaga, todo hay que decirlo), y el cuerpo de baile las despacha con una limpieza admirable. Capítulo aparte merece el micrófono, ese objeto que aparece como por arte de magia en las manos de un bailarín justo en el segundo exacto en que Ana lo necesita. Ni un segundo antes, ni uno después. Alguien ha calculado ese segundo con una precisión de reloj suizo.

Porque en el show de Ana Mena todo, absolutamente todo, está diseñado para agradar al mayor número de personas posible. Niñas de ocho años incluidas, claro que sí. Hay techno trasnochado de los noventa, con Las 12 como emblema, de esos que creías enterrados en el fondo de una discoteca de polígono y que resurgen aquí con una inusitada frescura. Hay coqueteos con lo electrolatino, hay dance sin complejos, hay estribillos que se pegan al cerebro como un chicle a la suela del zapato. Y hay hits, muchos hits, desfilando uno tras otro con la puntualidad de un tren de alta velocidad: Quiero decirte, Madrid City, A un paso de la luna, Solo… Es el pop como ingeniería de precisión, y funciona. Vaya si funciona.

Ana Mena, que lleva años creciendo ante nuestros ojos sin que nos diéramos cuenta, es hoy una de las aspirantes serias al trono del pop mainstream en español, un trono que se disputa a codazos con Aitana (otra que ha crecido en público) y con Lola Índigo. Y viene con muy buenas armas: voz decente, presencia, carisma y un equipo que no deja nada al azar.

Pero lo que de verdad me desarmó fue Música ligera. Ahí el plan perfectamente trazado por algún directivo en un despacho se escapa por una rendija, y el motivo tiene su gracia: la propia Ana confesó sobre el escenario que tuvo que enfrentarse a su discográfica para poder grabarla. Es la versión de Musica leggerissima, el temazo con el que Colapesce y Dimartino pasaron por Sanremo, ese festival al que dimos por muerto hace décadas. Conviene subrayar la ironía: el mejor momento de la noche, existe porque alguien le ganó el pulso al despacho. Será que la canción ya traía de fábrica esa melancolía luminosa que no se puede fabricar en un laboratorio, pero sonó a pop perfecto, del que no necesita coreografía ni cálculo, solo una melodía y alguien que la cante bien. Por un momento, el sótano y el pop de las niñas de seis años se dieron la mano.

Salgo del Espacio Zity con la reputación hecha jirones y la certeza de que el pop, cuando se hace bien, puede ser un espectáculo adictivo. Mañana volveré a mis discos oscuros, naturalmente, y a Música ligera.