Los violines de Empty Room suenan a victoria triste, a soledad conquistada, por fin.
A pérdida que merece la pena, pero que es una pena.
La batería es rápida, como los latidos del corazón cuando descubre una certeza vital.
Una comprensión dirigida al otro como despedida del propio corazón para que también se transforme,
aunque no quiera; cuando escuche el eco de esta canción.
Son pocos minutos, pero son como una inyección para esos corazones que no laten,
o que laten sin saber que laten.
Estos violines suenan a victoria triste.


