A veces basta una ráfaga del sentir para afianzar una búsqueda vital a pesar de la vulnerabilidad reconocida a paso lento por un camino tortuoso que nos lleva al límite sin ninguna esperanza.
Con un sonido zen, a modo de canto dzo particular, comienza Chariot, una melodía que define ese canto con palabras sobre el estatismo de una vida en la que solo podemos mirar las consecuencias por las que pasamos a solas. Solo nos queda observar con atención, sentir en tiempo real la distorsión de una vida que se desvanece sin la oportunidad de escapar de tu mente sola en su soledad.
Las guitarras gemelas aceleran hasta que la voz rasgada rompe ese sonido armónico y constante tibetano rebelándose al silencio, gritando su padecer.
Un riff pesado y contundente al bajo acompaña a la voz aumentando la gravedad de unas afirmaciones que hacen salir a la luz una existencia invisible que no conoce su final.
Cuando crees que no vas a escuchar otro sonido como aquel viejo heavy, aparecen Deathchant rompiendo las directrices del destino de la música.
La canción parece que llega a su final en declive, pero continúa con su riff central como una lucha que sigue activa y vibrante en nuestro interior que no acaba a pesar del final de sus notas, de un último eco que va disminuyendo lentamente mientras se disgrega en el espacio y entre el silencio.


