La constelación del perro

La verdad es que tiene mérito que Ridley Scott siga dirigiendo largometrajes con 88 años, una cifra que le emparenta con el portugués Manoel de Oliveira, cuyos trabajos finalizaron pasados los 100. Cineastas que aman su oficio y cuya pasión les permite seguir rodando.

Scott es todo un clásico del cine, con un inicio espectacular —quizás de los mejores que se recuerdan— con Los duelistas, Alien, el octavo pasajero y Blade Runner. Luego, su trayectoria posterior es más irregular, con obras notables —aunque la última fue Marte, en 2015—, unas cuantas sobrevaloradas (El reino de los cielos o El último duelo) y otras peores, sin ir más lejos, las anteriores Napoleón y Gladiator II. Eso sí, siempre con la pátina de artesano eficaz que no se sale del presupuesto asignado, lo que le permite ser un seguro para las productoras.

Lo que también es innegable es que todas sus películas tienen empaque, y esta La constelación del perro lo atestigua. Un filme que no se encontrará entre lo mejor de su amplia filmografía —con esta, treinta títulos—, pero tampoco entre los peores. Una cinta entretenida, bien rodada y con sentido del ritmo, que adapta una conocida novela sobre un futuro postapocalíptico en el que su protagonista intenta superar la pérdida de su familia descubriendo una señal procedente de un lugar que podría suponer el regreso a la antigua normalidad. En su viaje encontramos ecos de producciones de supervivencia como Soy leyenda, Mad Max o las televisivas The Walking Dead y The Last of Us. Un calidoscopio que lleva a la pantalla Mark L. Lester, un especialista en terror, aunque su guion más célebre sea el de El renacido, de Alejandro G. Iñárritu. No está mal llevado, pero presenta unos cuantos altibajos, pues la relación entre Hig y sus compañeros de aventuras sí funciona, mientras que toda la parte de «Los Segadores» no está bien explicada y, en Grand Junction, todo se desquicia en exceso.

Aun así, las casi dos horas se ven con agrado, con un Ridley Scott que no arriesga con los planos, pero que infunde un gran ritmo narrativo, apoyado en la edición, la fotografía y un reparto donde destaca Jacob Elordi —cada vez más asentado en Hollywood tras Frankenstein, de Guillermo del Toro, y Cumbres borrascosas, de Greta Gerwig— como principal personaje, bien acompañado por secundarios de peso como Margaret Qualley —convertida en estrella tras La sustancia, de Coralie Fargeat— y los siempre eficaces Josh Brolin y Guy Pearce, en la parte positiva, y una histriónica Allison Janney en un inenarrable papel.

Entre todos consiguen que La constelación del perro sea uno de los nombres importantes del final del verano y que nos devuelva a uno de esos realizadores a los que, por edad, no les quedan demasiados estrenos y de los que se hablará en el futuro como clásicos del cine. Quizás no por esta película, pero sí por buena parte de su trayectoria anterior.