El castillo es el intento definitivo de convertirse en el paradigma audiovisual sobre la prostitución en España. Una producción de Movistar de enorme calidad que adapta libremente la novela El proxeneta, de Mabel Lozano, uno de los nombres más autorizados para hablar de la trata de mujeres, pues la otrora actriz, modelo y presentadora lleva más de una década investigando y escribiendo sobre el tema.

Un retrato brutal de la evolución de ese sórdido mundo nocturno, desde los primeros clubes de carretera en los años ochenta hasta la deriva hacia los macroburdeles, el paso al euro y el consiguiente aumento del blanqueo de capitales, sin olvidar los delitos cometidos contra jóvenes mujeres extranjeras por organizaciones internacionales.
Pero es que, aparte del interés de lo que se cuenta, destaca el brillante ejercicio de cómo se cuenta. Y es que sus creadores, Isabel Peña y Eduardo Villanueva, fueron responsables, junto a Rodrigo Sorogoyen, de aquella joya televisiva que fue Antidisturbios. Junto a ellos aparece como creadora y coguionista Elena Martín Gimeno, quien además se reserva la dirección de no pocos episodios y logra su mejor trabajo hasta la fecha.
La historia está narrada desde el punto de vista del dueño del prostíbulo. Un ser deleznable, pero con unas alucinantes justificaciones morales, que prospera en estos bajos fondos, donde no dudan en traer chicas desde Hispanoamérica para impedir que puedan escapar de sus fauces, al no poder satisfacer nunca la deuda contraída. Un submundo dominado por hombres sin escrúpulos que, sin embargo, no dudan en considerarse empresarios triunfadores y que convierten la justicia, la legalidad y las relaciones con la policía en una burla al sistema. Acongoja comprobar la coherencia de sus abyectas conductas, sintiéndose superiores incluso a sus rivales rumanos. Una forma maquiavélica de entender el mundo en la que, como sucedía en Los Soprano, la única alianza, amistad o amor posible gira alrededor del dinero.
Frente a ellos nos presentan el caso de una joven colombiana que llega desde Cali para trabajar en uno de esos clubes, siendo engañada y vejada desde el primer momento al intentar saldar su deuda. Por otro lado, tenemos a la policía, que apenas puede hacer frente al complejo entramado de sociedades, testaferros y apariencias de legalidad de los proxenetas. Todo está magníficamente contado, con el añadido de titular cada capítulo con el nombre de un cliente —tipos más o menos normales— y finalizar con una agobiante banda sonora de sintetizadores metálicos, obra de Olivier Arson, músico habitual de Sorogoyen. A ello se suman unos créditos que nos ofrecen datos reales y detalles estremecedores sobre este ilícito negocio.
La puesta en escena de El castillo es brillante. Fría y desoladora, como esos locales de alterne que aquí no aparecen mitificados. Antros lúgubres en zonas desérticas, tanto en Ciudad Real como en la Comunidad Valenciana, incluso cuando se encuentran frente a la playa. Nada es feliz ni bonito. Un mundo donde la belleza no existe, ni siquiera entre las trabajadoras, a pesar de que la mayoría sean jóvenes y guapas.
Y encima tenemos a un Raúl Arévalo inconmensurable como líder de la organización. Un narcisista, mezquino y abusador, pero con una conducta que no resulta en absoluto exagerada. Humano, demasiado humano, parafraseando a Nietzsche. Le acompaña Valentina Vidal como la sufrida joven colombiana, que encarna la tristeza de este tipo de prostitutas, pues no recuerdo que sonría ni una sola vez a lo largo de los seis episodios. Como policías, tenemos al frente a Omar Ayuso y a una Laia Marull a la que hacía tiempo que no veíamos. Son los intérpretes principales de un reparto solvente que eleva a grandes cotas este magnífico producto televisivo. Una de las series del año.

