La bola negra

Conocí el trabajo de Javier Calvo y Javier Ambrossi antes de que comenzaran su trayectoria en el cine, ya que pude asistir al estreno de su obra de teatro La llamada en el Teatro Lara de Madrid por recomendación de una amistad. Por desgracia, no terminó de convencerme, aunque su éxito sobre las tablas fue innegable.

Lo cierto es que su filmografía en la gran pantalla es bastante escasa, pues antes de este título solo habían dirigido la versión cinematográfica de La llamada, que tampoco me interesó, al igual que su versión teatral. Toda su popularidad se había cimentado en la televisión, con series como Paquita Salas, La Veneno o La Mesías, en las que han participado como responsables de dirección y guion, o como productores en Superstar y en la irregular nueva versión de Mi querida señorita. Producciones audiovisuales que visibilizan el mundo queer, la cultura pop o el rechazo a la religión.

La bola negra pretende ser la cinta definitiva sobre el movimiento homosexual y refleja buena parte de las obsesiones de los realizadores españoles. Una historia pretenciosa que une tres relatos ambientados en épocas diferentes: uno anterior al inicio de la Guerra Civil, sobre un joven gay granadino que intenta formar parte de un elitista casino y cuya historia se convierte en una obra inacabada de Federico García Lorca; otro, el más importante, durante la contienda, con un soldado del bando nacional que debe custodiar, antes de ser fusilado, al gran amor del poeta de Fuente Vaqueros; y un tercero situado en la actualidad que conecta con los anteriores. Historias cruzadas que ya hemos visto en trabajos de altura como Short Cuts, de Robert Altman, o Magnolia, de Paul Thomas Anderson, por citar dos ejemplos canónicos.

Los Javis han realizado un filme manierista en el que cada plano es deliberadamente bello, o pretende serlo, aunque en más de un momento pueda recordar a un anuncio de colonia de Jean Paul Gaultier o al cine de Fassbinder. Ese intento de epatar en cada secuencia acaba lastrando el largometraje, pues todo termina resultando falso e impostado. A ello se suman una banda sonora excesivamente hímnica de Raül Refree y la saturada fotografía de Gris Jordana, aunque nadie puede negar el mérito técnico de la producción.

De las tres historias, la más interesante es la que desarrolla la relación entre los personajes de Guitarricadelafuente y Miguel Bernardeau, construida en torno a la atracción y los sentimientos, pero también la mejor explicada. Funcionan igualmente los papeles de Penélope Cruz y Lola Dueñas, aunque otros, como los de Carlos González o, sobre todo, Glenn Close, resultan ridículos. Tampoco ayudan unos diálogos que mantienen ese tono de solemnidad en una producción excesivamente larga, con más de dos horas y media de metraje, que intenta explicarnos que la libertad de amar y vivir sin ser juzgados por seres retrógrados es lo que hace que el mundo prospere.

El problema aparece cuando esos intolerantes son mostrados desde la comedia involuntaria —son ejemplos claros todas las escenas con Antonio Dechent o Albert Pla— o a través de parlamentos que parecen sacados de una novela rosa. Aun así, los Javis han conquistado tanto la taquilla como el prestigio, con su mejor dirección en Cannes (la segunda en la historia del cine español tras Almodóvar).