Parabola comienza como el inicio de un cuento. Una historia que tuvo su comienzo y de la que no sabemos su final.
El dolor nos hace mirar hacia dentro, tomar consciencia de nuestro ser, nuestra alma. Esta canción nos muestra un ser encerrado que elige no querer salir, produciéndose la conexión eterna que nos hace darnos cuenta de que nuestro cuerpo es pasajero pero nosotros no.
Una ráfaga íntima que se vive como algo sagrado y que la canción plasma con unas guitarras que lo proclaman en alto. Y la voz estalla en un grito de impotencia y denuncia, grita alargándose y sus ecos alcanzan más allá de esta vida. Una voz que se vuelve nerviosa y grita melódicamente hacia unas circunstancias que se precipitan. Una voz que se ha cansado de estar en silencio, que quiere detener el tiempo y el espacio para que tomemos conciencia.
La batería acompasa unas veces rítmica otras asincopadamente con redobles que ponen término a los distintos tramos de una melodía que hace girar las emociones en una espiral ascendente mientras las piruetas dentro conforman la nueva realidad desde un presente más consciente que propicia esa conexión con lo universal, la salida hacia Dios, hacia lo eterno, hacia tu propio Dios, este momento.
Una canción eterna que defiende lo natural y que alienta a seguir buscando el sentido de una vida que se nos escapa si no miramos nuestro interior y descubrimos quiénes somos en realidad.



