Viernes 7 de agosto y en las proximidades de La Bodega Las Copas comenzaba a haber problemas para encontrar aparcamiento. Loquillo llegaba a Jerez de la Frontera encuadrado dentro de la programación del Tío Pepe Festival 2026. Referente del Rock and Roll de este país, la fabulosa imagen que desprendía La Bodega Las Copas, repleta de gente dispuesta a mover sus pies al ritmo que el curtido músico barcelonés marcase desde el escenario.

Pero el primer contacto desde el público llegó de la mano de Jordi Évole y los Niños Jesús. El conocido presentador de televisión revisitó desde el escenario un puñado de clásicos del Rock Nacional que sirvieron para ir calentando el ambiente. Con el buen hacer de unos músicos solventes fueron sonando canciones de Los Rodríguez, Extremoduro, Sabina, Platero y Tú o Antonio Flores, canciones reconocidas que lograban la complicidad de un público cada vez más numeroso. Lo cierto es que Évole y compañía divierten y además se lo pasan muy bien sobre el escenario, siendo capaces de transmitir esa sensación a la gente ausente. Otra debate a abrir, quizás otro día, es la idoneidad o no de llevar de gira una banda en este formato.

Tras los correspondientes minutos de espera que siempre se hacen más largos de lo que realmente son, al fin la caída de las luces anunciaban la salida de Loquillo al escenario. Con su sempiterna presencia sobria sobre las tablas, atrae toda la atención sobre su figura como si el tiempo no causase mella en él. Loquillo sigue derrochando actitud sobre el escenario de esa manera tan natural que está al alcance de muy pocos. No podemos obviar que este tipo de conciertos son en cierto modo una oda a la nostalgia pero es innegable que también la reafirmación de un presente que no piensa en el futuro a no ser que este sea a un corto plazo casi instantáneo, menos aún cuando parafraseando una de las letras más míticas del propio Loquillo, el futuro es una ilusión cuando el Rock and Roll conquistó tu corazón.
A Loquillo le acompaña una banda incólume que se convierten en cómplices necesarios para convertir la noche en una homilía eléctrica, un canto a una manera de vivir que unos hemos mantenido como única forma de hacerla y otras recuperan durante las casi dos horas que dura el concierto. Loquillo, genio y figura, evita discursos innecesarios porque su sonrisa muestra todo aquello que representa. Todo se olvida mientras la música suena y el repertorio de Loquillo encuentra el necesario eco en las gargantas que abarrotan el Tío Pepe Festival. Tantos años en la carretera exige sacrificios a la hora de confeccionar el set list y siempre echaremos canciones de menos, pero no hay objeciones a que son todas las que están.


Escuchar -y cantar en directo- canciones como “El hombre de negro”, “El rompeolas”, “Rock suave”, “Carne para Linda” o “Rock and Roll Star” no solo son repasar la carrera de Loquillo o la historia del Rock de este país sino que también significan una introspección personal en forma de historias de vida para aquellos que nos dimos cita esta noche para compartir recuerdos y vivencias al ritmo que marca una guitarra eléctrica. Loquillo llena por sí mismo el escenario y su banda hace que se vuelva más grande aún. Por mi parte, se me va la vida cantando “El ritmo del garaje” y me sigo emocionando al límite con “Cadillac solitario” que pone fin a una noche inolvidable. Durante prácticamente dos horas fuimos feos, fuertes y formales.


