La muerte de Robin Hood

Es interesante comprobar cómo, en la actualidad, se desmitifican personajes y hechos históricos y literarios. Quentin Tarantino llevó esta tendencia al paroxismo con el inolvidable desenlace de Malditos bastardos, en el que toda la cúpula nazi era asesinada en un cine.

Ahora le llega el turno a Robin Hood, el mítico arquero del bosque de Sherwood, convertido, junto a su inseparable amigo Little John, en un sádico y despiadado ladrón y asesino. Nada queda de las clásicas producciones de aventuras protagonizadas por Errol Flynn o Kevin Costner, por citar dos ejemplos canónicos, aunque el personaje haya sido llevado a la gran pantalla en innumerables ocasiones a lo largo de la historia del cine. Esta nueva versión reinventa al héroe legendario, transformándolo en un anciano delincuente, cansado de la violencia y de una vida de excesos, que únicamente aspira a morir en paz. Su retiro en un monasterio, acompañado por la hija menor de Little John, responde a una búsqueda de redención. Una idea profundamente jansenista: encontrar en la muerte el perdón de los pecados, planteamiento que Robert Bresson, máximo exponente del cine trascendental —tal y como lo definió Paul Schrader en su brillante ensayo—, llevó hasta sus últimas consecuencias.

No es la única similitud que encontramos. Ese espíritu crepuscular remite inevitablemente a Robin y Marian, de Richard Lester, otra revisión del legendario forajido en el ocaso de su vida. Sin embargo, ambas películas difieren notablemente en su planteamiento. Aquí nos encontramos con un largometraje oscuro, sostenido por la excelente fotografía de Patrick Scola y marcado por una violencia constante. Un drama muy alejado del cine de evasión en el que Robin robaba a los ricos para repartir el botín entre los pobres y donde predominaba un maniqueísmo de héroes intachables y villanos sin matices.

El responsable de la dirección y del guion es el estadounidense Michael Sarnoski, quien sorprendió con su ópera prima, la notable Pig, una de esas películas inclasificables protagonizadas por Nicolas Cage en la que el dueño de un cerdo trufero emprendía la búsqueda de su animal, robado por una peculiar mafia vinculada a la alta restauración. Un planteamiento tan delirante como eficaz, que terminaba ofreciendo una propuesta sorprendentemente emotiva. En este tercer largometraje vuelve a asumir riesgos con una obra que acumula momentos de gran interés y no pocas virtudes, pero cuyo resultado acaba lastrado por un metraje irregular de casi dos horas, un exceso de violencia en determinadas secuencias y un tono quizá demasiado pesimista.

Con todo, La muerte de Robin Hood mantiene el interés durante la mayor parte de su desarrollo, pese a una puesta en escena reposada y al carácter sombrío tanto de su fotografía como de su temática. Al frente del reparto encontramos a un magnífico Hugh Jackman, que compone un personaje crepuscular inevitablemente evocador del Logan de Logan, otro héroe agotado física y emocionalmente. Junto a él destacan Jodie Comer y Bill Skarsgård, que completan con solvencia un reparto que contribuye a sostener con firmeza el edificio construido por Sarnoski. No es una película destinada a todos los públicos, pero, sin duda, encontrará su espacio entre quienes disfrutan de las revisiones oscuras y desmitificadoras de los grandes mitos del imaginario popular.