La sonrisa de Acanta Lang es amplia, luminosa, contagiosa y profundamente sincera. No parece una herramienta aprendida para conquistar al público, sino una consecuencia natural de alguien que disfruta tanto cantando como convirtiendo una sala en un lugar un poco mejor.
La cantante nacida en Nueva Orleans regresaba a Zaragoza por segunda vez en menos de dos años, una circunstancia poco habitual que habla tanto del cariño que siente por la ciudad como de la excelente acogida que encontró en su primera visita. Y volvió a confirmar que posee una de esas voces privilegiadas que parecen no conocer límites. Cálida cuando la canción lo exige, poderosa cuando el soul reclama intensidad y delicada cuando basta un susurro para poner la piel de gallina. Pero si su voz impresiona, su sonrisa termina de completar el milagro. Ambas forman un tándem inseparable que eleva cada interpretación a un terreno cercano a lo sublime.

Junto a ella, una banda sobresaliente que demostró desde los primeros compases una compenetración admirable. Soul y funk se fueron sucediendo con una naturalidad pasmosa, sin costuras, sin exhibicionismos innecesarios y con un groove constante que convirtió el concierto en una celebración. Todo parecía fluir con la misma facilidad con la que los grandes equipos hacen difíciles las cosas sencillas. Acanta Lang continúa construyendo su carrera al margen de los grandes circuitos de la industria. Su álbum de debut, Beautiful Dreams, vio la luz de forma completamente independiente a través de Magnolia Blue Records, su propio sello discográfico, una declaración de intenciones que habla de una artista dispuesta a recorrer su propio camino sin renunciar a la libertad creativa.

El repertorio confirmó precisamente esa evolución. Lois Lang volvió a sonar enorme, elegante y vibrante, con ese equilibrio entre sensibilidad y fuerza que convierte las buenas canciones en pequeños clásicos instantáneos. No More Woman desplegó toda su intensidad emocional sin caer nunca en el dramatismo fácil, mientras He said / She said mostró la cara más luminosa y sofisticada de una compositora que entiende perfectamente cómo dialogar con la tradición sin quedarse atrapada en ella.
Uno de los momentos más especiales llegó con su versión de Grandma’s Hands, la inolvidable composición de Bill Withers. En tiempos donde abundan las versiones concebidas como simples ejercicios de nostalgia, Acanta Lang eligió el camino más complicado: apropiarse de la canción desde el respeto, la sensibilidad y una personalidad arrolladora. El resultado fue uno de esos silencios que solo se producen cuando una sala entera contiene la respiración para no romper la magia.

Y es precisamente esa palabra, magia, la que mejor resume lo vivido en La Casa del Loco. Porque más allá de la impecable ejecución musical, de la calidad de la banda o de la extraordinaria voz de su protagonista, el concierto dejó la sensación de haber pasado un soberbio buen rato. De esos que recuerdan por qué merece la pena seguir entrando en las salas de conciertos incluso cuando creemos haberlo visto casi todo. Durante algo más de hora y media no hubo artificios, ni poses, ni discursos grandilocuentes. Solo canciones, músicos disfrutando sobre el escenario y un público que respondió desde el primer acorde hasta el último y merecidísimo aplauso.
















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