La odisea (The Odyssey)

El naufragio emocional de Christopher Nolan

Hay directores que se creen los más listos de la clase, y luego está Christopher Nolan, cuya filmografía a base de relojes, laberintos temporales y montajes cruzados nos ha convencido a casi todos de que estábamos ante uno de los pocos genios verdaderos que le quedan al cine comercial. El problema de creerse el más listo de la clase es que, tarde o temprano, uno acaba tropezando con la asignatura que nunca se tomó en serio: la de los sentimientos. Y en La Odisea, Nolan ha patinado de lo lindo.

Vayamos por partes, que la cosa lo merece. Esta historia de La Odisea lleva tres mil años entre nosostros —el regreso de un hombre a su isla, a su mujer, a su hijo, sorteando dioses, monstruos y su propia soberbia— y en ese tiempo la hemos escuchado de mil maneras distintas. Aquí debo mencionar la serie animada Ulises 31 que marcó la infancia de varias generaciones y que convertía el Mediterráneo en el espacio exterior sin perder ni un ápice de melancolía. Más recientemente, la magnífica El retorno, con un Ralph Fiennes que se comía la pantalla en cada plano, nos recordó que el mito no necesita un gran presupuesto para emocionar, solo necesita mirada. Nolan tenía el presupuesto. Le ha faltado la mirada.

Porque de calidad técnica y visual no se le puede acusar de nada a Nolan: la fotografía en IMAX es portentosa y el dineral desembolsado se nota en cada fotograma. Pero todo ese despliegue se queda, una vez más, en puro espectáculo: aparatoso, monumental y hueco como un ánfora vacía. Me da exactamente igual que hayan contratado a media constelación de estrellas del Hollywood actual (que tampoco es para echar cohetes), me da igual que su Helena sea una actriz negra —faltaría más—, me da igual el dispendio en cámaras super delicadas. Nada de eso importa cuando la película se hace pesada y le falta épica.

El gran problema de La Odisea es el propio Nolan: su cine cerebral, frío, calculado hasta el milímetro, funciona de maravilla cuando habla de viajes espaciales, de bombas atómicas o de sueños dentro de sueños. Aquí se estrella contra un muro que no esperaba: el de una historia que, por encima de cualquier otra cosa, habla de las pasiones más bajas y más humanas de los hombres —la nostalgia, el deseo, la rabia, la lealtad—. Y a la hora de filmar pasión, la frialdad de Nolan se convierte en su peor enemiga. El pasaje de las sirenas me resultó especialmente mal resuelto mientras el de Circe creo que está francamente bien rodado. Nolan se enreda, una vez más, en sus montajes paralelos, en su forma tan personal y casi siempre genial de esculpir en el tiempo, pero aquí ese juego de artificio no cuaja: nos distancia de los personajes en lugar de involucrarnos en sus desventuras.

Y luego está Matt Damon, sobre quien recae buena parte de la culpa del naufragio. Este Odiseo pone la misma cara en la taberna que cuando ve a sus hombres convertidos en cerdos. Ni un matiz, ni un destello, ni una sola grieta emocional. Es un actor muy limitado (vamos a ser generosos) en un papel que exigía carisma, ambigüedad, algo de fuego griego, y Nolan lo ha dejado en piloto automático. El resto del reparto cumple con dignidad —tampoco es que Charlize Theron esté en su mejor papel, todo hay que decirlo— pero cuando el eje de la película es un Odiseo que no transmite nada, todo lo demás se viene abajo.

Confieso que salí de la sala decepcionado y aburrido a partes iguales, dos sensaciones que rara vez había asociado a una película de Nolan. El tramo final en Ítaca, que debería ser el clímax emocional de todo el relato —el reencuentro, la venganza, la resolución de veinte años de espera— se me hizo pesado, incapaz de encontrar el pulso que sí tenía la citada El retorno de Fiennes. Ahí donde aquella película, con una fracción del presupuesto, lograba que el silencio de una mirada valiera más que mil efectos especiales, aquí uno solo desea que el barco llegue de una vez a puerto.

Nolan sigue siendo, no lo voy a negar, un maestro absoluto del cine. Pero esta vez, por primera vez en mucho tiempo, ha sido incapaz de emocionarme. Una Odisea que no emociona no deja de ser un caballo de Troya precioso, carísimo, y completamente vacío por dentro.