Es innegable que Taylor Sheridan ha sabido rentabilizar el universo de «Yellowstone», creando múltiples secuelas y continuaciones como «1883», las dos temporadas de «1923», que antecedían los hechos narrados en la serie matriz, o ahora «Marshals: una historia de Yellowstone» y la próxima «Rancho Dutton», centradas en algunos de los protagonistas supervivientes de la serie original.

En este caso, asistimos a la nueva vida de Kayce Dutton, que se reinventa dejando atrás los acontecimientos vividos en el rancho familiar para ingresar en una unidad de élite de los U.S. Marshals. Es cierto que no abandona Montana y que reaparecen algunos personajes de «Yellowstone», pero estas nuevas aventuras carecen del calado dramático de la serie protagonizada por Kevin Costner. De hecho, lo más interesante son las alianzas y sinergias con el jefe tribal Thomas Rainwater (Gil Birmingham) y su fiel Mo (Mo Brings Plenty), con Tate (Brecken Merrill) como nexo de unión. El joven es mestizo, ya que su madre y esposa de Kayce, Monica, falleció a causa de un cáncer.
Quizás esto tenga que ver con la ausencia de Taylor Sheridan en los guiones, ya que los creadores de la serie son David Glasser y Spencer Hudnut, quienes, basándose en los personajes creados por Sheridan y John Linson, han desarrollado un producto diferente. La ficción apuesta por episodios casi autoconclusivos —aunque algunos se estructuran en dos partes— para narrar una historia de héroes justicieros más cercana a «Special Ops» que al western clásico.
Nos encontramos así con un equipo de agentes que combate a poderosos enemigos y que no duda en enfrentarse a violentos cárteles de la droga y grupos supremacistas. Por supuesto, la unidad es diversa tanto en género como en origen étnico, mientras que los antagonistas son, en su mayoría, hombres blancos. Este maniqueísmo lastra el resultado final, pues en más de una ocasión la serie recuerda a una película de Rambo o Braddock: el espectador sabe de antemano que los protagonistas saldrán victoriosos, sin sufrir apenas pérdidas, aunque sus rivales dispongan de auténticos ejércitos.
Y esa falta de épica es precisamente uno de los rasgos que no suelen presentar las producciones de Taylor Sheridan, donde el conflicto dramático a menudo surge de la pérdida y el sacrificio. Aquí sí está bien definido el carácter de Kayce, interpretado por Luke Grimes, un personaje marcado por la tragedia tras la muerte de su padre y de su esposa. Sin embargo, el desarrollo de sus compañeros resulta mucho menos convincente, con conflictos más inverosímiles: una hija que no dirige la palabra a su padre pese a trabajar como camarera en el mismo pueblo; una relación sentimental con un miembro más joven de la comunidad indígena; una agente ludópata; o una especie de Lara Croft que sueña con abandonar Montana.
Es cierto que los trece episodios resultan entretenidos, cuentan con buenas dosis de acción y, en algunos momentos, la tensión recuerda a los mejores trabajos de la llamada «factoría Sheridan». Sin embargo, ni el paisaje llega a convertirse en un protagonista más ni el conflicto dramático alcanza la entidad de propuestas como «The Madison», que, por el momento, sigue siendo lo más interesante surgido del universo «Yellowstone», aunque su relación con este sea más bien tangencial.
















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