El juego del asesino llega avalada por el prestigio que todavía conserva buena parte de la ficción televisiva británica. En este caso es Channel 5 la responsable de una miniserie de tan solo cuatro episodios, una duración que la convierte en una propuesta ideal para consumir en apenas un par de jornadas. Un formato cada vez más habitual en una época marcada por las prisas y la dispersión, donde el espectador parece perder la concentración con facilidad, constantemente reclamado por el oropel de las pantallas de los teléfonos móviles. Ruiditos y lucecitas —el mismo modus operandi que emplean las máquinas tragaperras, como suele comentar mi amigo, el arquitecto Guillermo Catena— compiten de forma permanente por captar nuestra atención.

Detrás de la serie se encuentran el guionista y creador Tom Grieves y el director Toby Crow, responsables de un thriller de atmósfera fría, casi escandinava, aunque salpicado de ciertos ecos de Agatha Christie. La historia plantea un juego del gato y el ratón entre un antiguo inspector de policía y su nuevo vecino, a quien identifica como el asesino que nunca consiguió detener cuando aún pertenecía al cuerpo. A partir de esa premisa se desarrolla un interesante duelo psicológico entre un hombre íntegro, que poco a poco ve cómo se desmoronan su prestigio profesional, su estabilidad familiar y la confianza de quienes le rodean, y un individuo de enorme carisma que oculta una personalidad profundamente perturbada. Como todo buen psicópata, disfraza su absoluta falta de empatía bajo una exquisita inteligencia y unas extraordinarias habilidades sociales.
El resultado es un entretenimiento eficaz. Su escasa duración evita que la narración se diluya en subtramas innecesarias o en secuencias estiradas con el único propósito de completar metraje, un defecto demasiado frecuente en muchas series actuales. Es cierto que la propuesta no aporta grandes novedades, ni en el argumento ni en la forma de narrarlo, pero tampoco parece pretenderlo. Su objetivo consiste, sencillamente, en construir un misterio sólido capaz de mantener el interés del espectador. Y lo consigue con solvencia.
La figura del vecino homicida ya ha sido explorada en títulos como No matarás… al vecino, de Joe Dante —cuya adaptación televisiva se estrenó la pasada temporada—, o Falsas apariencias. También pueden encontrarse ciertos paralelismos, salvando las distancias, con La huella, de Joseph L. Mankiewicz, o El juego del ratón, de Sidney Lumet, especialmente por ese duelo interpretativo que termina sosteniendo el peso de la historia.
Aunque aquí el reparto secundario posee una presencia mayor que en esos referentes, toda la atención recae sobre Jason Watkins y Robson Green. Dos intérpretes veteranos que, pese a encarnar personajes antagónicos, desprenden una notable química en sus enfrentamientos. Frente a frente aparecen un hombre casado, perseverante y tan íntegro como impulsivo, y otro refinado, elegante y dueño de una frialdad casi imperturbable. Dos personalidades opuestas que se complementan con acierto y sostienen una serie que, sin aspirar a convertirse en un clásico del género, hará disfrutar a los aficionados al misterio y al crimen de inconfundible sabor británico.
















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