Con un año de retraso nos llega el nuevo largometraje de Michel Franco, realizador mexicano que alcanzó notoriedad con Después de Lucía, un durísimo drama sobre el bullying rodado en su país natal. Aquella película le proporcionó el prestigio suficiente para emprender una trayectoria, por ahora muy interesante, que le ha permitido trabajar con estrellas internacionales como Tim Roth o Jessica Chastain.

Precisamente, Chastain colabora por segunda vez con Franco tras Memory. En esta ocasión protagoniza otro drama centrado en un inmigrante mexicano en situación irregular que aspira a triunfar como bailarín en Estados Unidos. Aunque mantiene una relación sentimental con una acaudalada mujer mucho mayor que él, esa circunstancia termina convirtiéndose más en un obstáculo que en una oportunidad, ya que ella, pese a la pasión que siente por el joven, no duda en ningunearlo cuando se encuentra en presencia de su círculo social.
El punto de partida roza los territorios del amor patológico, tan propios del amour fou francés, y está salpicado de escenas de alto voltaje erótico. Sin embargo, su principal problema reside en una premisa que, pese a resultar sugestiva, termina pareciendo poco verosímil. Aun así, tanto el Michel Franco guionista como el director logran extraer partido de esa compleja idea inicial para construir un drama que aborda cuestiones muy foucaultianas, como las relaciones de poder en unos Estados Unidos donde la inmigración ilegal es castigada con extrema dureza. Es un cine de víctimas y verdugos cuyos papeles se intercambian constantemente, como ocurría en buena parte de la filmografía de Joseph Losey, especialmente en El sirviente. Pero, fiel a su mirada pesimista, Franco acaba recordándonos que los poderosos siempre terminan imponiéndose, aunque en el camino sufran derrotas más fruto del capricho que de una auténtica pérdida de privilegios.
Nos encontramos ante una película de marcado carácter intimista en la que todo el peso dramático recae sobre sus dos protagonistas. Entre los secundarios, únicamente Marshall Bell y Rupert Friend disponen de personajes con cierta entidad. Jessica Chastain afronta un papel especialmente arriesgado del que sale airosa, mientras que el bailarín de ballet Isaac Hernández supera con nota el reto de compartir pantalla con una intérprete del calibre de la actriz pelirroja.
Franco refuerza ese discurso mediante una puesta en escena de una frialdad casi quirúrgica. Fiel a su estilo, recurre con frecuencia al plano fijo y a una cámara que observa sin juzgar, obligando al espectador a enfrentarse al conflicto sin el consuelo de artificios dramáticos. Esa aparente distancia emocional acaba convirtiéndose en una de las mayores virtudes del filme, al potenciar la incomodidad y el desasosiego que recorren toda la narración.
El mundo del ballet ha servido de escenario para dramas muy distintos. Es inevitable recordar Cisne negro, de Darren Aronofsky, aunque quizá la referencia más pertinente sea Noches de sol, de Taylor Hackford, donde también participaba una figura legendaria de la danza como Mikhail Baryshnikov. En aquella ocasión, sin embargo, el conflicto remitía a la Guerra Fría y al enfrentamiento entre Estados Unidos y la extinta Unión Soviética. Era un cine muy representativo de otra época que, pese a todo, encontró el favor del público. Algo que difícilmente parece que vaya a suceder con Dreams, una película que dista mucho de ser fallida, pero que nunca consigue desprenderse del lastre de una premisa inicial poco convincente y que quizá habría necesitado una presentación más sólida para resultar plenamente creíble.
















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