Películas como “Backrooms” no son exactamente cintas de terror sino que tratan sobre el miedo, una de las emociones más primigenias que existen en el ser humano. Así que quien espere constantes sustos, litros de hemoglobina o una sensación de pánico saldrá decepcionado tras su visionado. Algo parecido a lo que sucedía con la “opera prima“ de Robert Eggers “La bruja” donde todo se sugería más que se mostraba.

Y este es uno de los grandes aciertos de este interesante filme pues como en cintas de serie B como “El proyecto de la Bruja de Blair” (también sucedía en una de mejor presupuesto como el “Tiburón” de Spielberg) la entidad que atormenta no se enseña hasta el final, por lo que el espectador imagina lo que no ve. Y eso filmado en uno de esos espacios de transición como es una tienda de muebles. Un lugar que como un aeropuerto, un centro comercial o un pasillo crean desasosiego al estar vacíos. Algo que elevo a la categoría de arte Kubrick en “El resplandor”. Es normal que detrás del arriesgado proyecto esté A24 como productora o nombres importantes del horror contemporáneo como James Wan y Osgood Perkins.
El debutante Kane Parsons propone una pesadilla donde lo cotidiano se funde con lo extraño, como si de un horrible sueño de David Lynch se tratase. Una dimensión desconocida, un multiverso a la que se accede desde un sitio cotidiano. Un laberinto de estancias y pasillos, sin luz natural ni ventanas al exterior, fluorescentes en el techo y largos corredores donde cualquier persona se va a sentir amenazada. Un espacio que parece que el Roberts guionista nos presenta como una realidad paralela que saca lo peor de nosotros. Y ahí convive el espíritu del antes mencionado David Lynch, con el “Cube” de Vincenzo Natalli o ese doppelganger del “Us” de Jordan Peele.
Kane Parsons demuestra una idea y sentido en su puesta en escena (mayor mérito si se sabe que apenas pasa los veinte años), no limitándose a ampliar sus cortometrajes sobre los “Backrooms”, un creepypasta (leyenda urbana en internet) que se convierte con diferencia en lo mejor rodado sobre este material (muy superior que, por ejemplo, “Slenderman”).
Técnicamente es efectiva, tanto en los decorados, la saturada fotografía o la metálica banda sonora. Y su reparto es el correcto, con dos buenos intérpretes protagonistas como Chiwetel Ejiofor, tan brillante como en la maravillosa “La vida de Chuck” de Mike Flanagan, y la musa de Joachim Trier, la noruega Renate Reinsve.
Quizás “Backrooms” no sea la quintaesencia del terror moderno aunque no dudamos de su efectividad, su estatus como próximo título de culto y una propuesta que esconde más de lo que parece contar pues podemos observarla como metáfora de la Inteligencia Artificial o del modo de vida actual.
















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