Una de las virtudes del gigante Netflix es poder presentar filmografías ajenas a la estadounidense como productos estrella de su catálogo. Así, no es extraño encontrarse entre las películas y series más vistas producciones que van desde Polonia hasta Corea del Sur, pasando por Escandinavia, América del Sur o España.

Los creyentes pertenece a este último país. Un thriller irregular, con buenas ideas, pero también con algunas resoluciones cuestionables. Su punto de partida es brillante: una díscola hija que trabaja en Berlín, sin querer saber nada de sus progenitores, recibe la llamada que le comunica la muerte de su madre en un trágico accidente en el baño. Al llegar, comprueba cómo su padre ha cambiado, convirtiéndose en un amante de las conspiraciones, como el Mel Gibson de Conspiración, que se creía a pies juntillas cualquier versión oficial sobre cualquier tema, y consigue que ella empiece a sospechar que pudo estar detrás del asesinato de su esposa. Esto provoca una psicosis en la joven, que comienza a convertirse también en una conspiranoica.
El problema del guion de Darío Madrona y Carlos Montero es que no termina de encajar, pues parece plantear en determinados momentos escenarios ciertos e interesantes que después desaparecen por arte de magia. Amagan, pero no golpean.
Eso sí, la dirección de Roger Gual es más que competente. Un realizador que cimentó su carrera cinematográfica con su ópera prima, Smoking Room, y posteriormente con títulos destacados como 7 años. Los creyentes no es tan poderosa, aunque sí resulta una película de género entretenida, con ciertas pretensiones de crítica hacia un sector minoritario de la sociedad, pero con cierto peso, sin caer en el ridículo. Todo ello gracias a una puesta en escena clásica al servicio de la intriga, con los paisajes asturianos como un personaje más —algo que se agradece— y un buen ritmo, pues su hora y tres cuartos de duración no resulta en absoluto aburrida.
En el debe sí existe bastante diferencia entre los intérpretes. José Coronado funciona bien, con unos matices actorales que recuerdan a su hipnótico papel en la sensacional Cerrar los ojos, de Víctor Erice, soportando buena parte del peso de la trama. Una esforzada Stéphanie Magnin no puede compararse con él en las múltiples secuencias que comparten, mientras que, entre los secundarios, ni Alberto Olmo ni Mabel del Pozo resisten el envite frente a Coronado.
Aun con todo, Los creyentes es un entretenido suspense que demuestra el buen momento que atraviesa el cine de género en España. Una trama y una resolución con aspectos positivos que, a buen seguro, tendrá más seguidores que detractores. Además, nos alegramos del regreso de Roger Gual al largometraje tras un periodo televisivo de nueve años, durante el cual su gran éxito fue la mediocre serie El desorden que dejas, también para Netflix.

