Uno de los cuentos más interesantes de Julio Cortázar es Casa tomada, donde dos personas quedan atrapadas en el interior de su hogar, que adquiere casi vida propia y las va cercando hasta expulsarlas. La última casa explica justo lo contrario, pues es la vivienda la que no les permite salir durante cinco largos años.

Una distopía con la que resulta inevitable pensar en la pandemia de 2020, aunque aquí los responsables son unos alienígenas que encierran a la humanidad mediante una lluvia casi eterna, como sucede en la infravalorada Señales, de M. Night Shyamalan. También recuerda, por otro fenómeno meteorológico —en este caso, la nieve—, a la reciente e interesante serie argentina El Eternauta, que dejaba aisladas a las personas. Ese inicio, con el COVID como telón de fondo, en el que una familia debe sobrevivir sin poder salir de casa, nos conduce hacia un survivor en el que, además de no poder acceder al exterior, deben agudizar su ingenio a medida que se quedan sin alimentos y se enfrentan al asedio de unas criaturas marinas que recuerdan a los mitos de Cthulhu de H. P. Lovecraft por su aspecto humanoide y su rostro cefalópodo.
Un producto entretenido en el que suceden múltiples situaciones y giros de guion a lo largo de sus más de hora y tres cuartos de duración. El guion de Matthew Robinson está bien hilado, aunque da la impresión de querer contar más de lo que finalmente se muestra en pantalla. Tiene buenas ideas, pero también múltiples lagunas y agujeros de guion, especialmente en el último acto, con un precipitado desenlace en el que el mundo parece convertirse, de repente, en el de Waterworld, de Kevin Reynolds, tras un lustro sin parar de llover.
En ese intento de potenciar el irregular libreto, buena parte de la responsabilidad recae en Louis Leterrier, que cumple con la dirección y ofrece una puesta en escena cuya presentación parece el retrato feliz de un barrio residencial de Seattle, para después primar la acción en una segunda parte convertida en un auténtico apocalipsis. El director francés demuestra su pericia para jugar con el espectador, como ya hacía en Ahora me ves, o para disparar la adrenalina, como en su aportación a la franquicia Fast & Furious. En ese aspecto, no hay nada que reprocharle.
Más cuestionable resulta la elección del reparto, pues existe un abismo interpretativo entre sus dos protagonistas. La hierática Greta Lee no puede soportar la comparación con Wagner Moura, único intérprete con recursos actorales realmente sólidos. Tampoco los niños Riley Chung y Noah Alexander Sosnowski, ni los jóvenes Gabriel Barbosa y Emma Ho, cuentan con una secuencia en la que puedan hacer sombra o mantener el mismo peso que el protagonista de El agente secreto o Narcos. Como tampoco hay secundarios con demasiada entidad, todo el foco recae sobre el actor brasileño.
Aun con todo, es un filme entretenido y con ciertas virtudes, de fotografía plomiza y gris, con el que sus responsables tampoco pretenden crear una obra maestra, sino una película de ciencia ficción de escenario único que pueda rentabilizar Netflix sin que nadie se arruine.

