«Noche de Rock and Roll» es un tributo a la música española de los años ochenta. Una forma de hacer recordar al veterano público que convirtió el recinto de la Bodega Las Copas en una fiesta que continúa viva y que demuestra que, si el pasado fue un tiempo, quizá no mejor, sí al menos más sencillo, el presente permite rememorar una juventud en la que, con toda seguridad, se disfrutó intensamente.
Gran parte de esta idea la transmitió el maestro de ceremonias, el locutor radiofónico y DJ Carlos Moreno, «El Pulpo», apelando a los tiempos de la EGB, al rebobinado de las cintas de casete con bolígrafos BIC o a la generación nacida en la década de los setenta. Su presencia sirvió para amenizar la espera mientras los grupos realizaban las pruebas de sonido y cambiaban el equipo. Con breves intervenciones de quince o veinte minutos, en las que sonaron todo tipo de clásicos del pop-rock ochentero, consiguió conectar con los asistentes mediante improvisadas coreografías, selfis, fotografías y convirtiendo el recinto del Tío Pepe Festival en un espectáculo de luces gracias a las linternas de los teléfonos móviles al ritmo de «Sweet Caroline». Funcionó a la perfección.

Pero lo más importante de la noche eran las tres formaciones que pasaron por el escenario. Breves actuaciones de poco más de treinta minutos cada una que, aun así, sirvieron para mostrar el bagaje de cada grupo.
Fantásticos estuvieron La Frontera, capitaneados por los incombustibles Javier Andreu y Toni Marmota. En 2024 cumplieron cuarenta años desde su fundación y siguen en plena forma, ofreciendo el mejor country rock nacional. Como viene siendo habitual en las últimas ocasiones en las que he visto a los madrileños, su repertorio se centró en su primera etapa, hasta Rosa de los Vientos (1989). Comenzaron con «Juan Antonio Cortés» y cerraron con «Judas, el miserable», interpretando entre medias memorables canciones como «El límite», «Cielo del sur», «Vivo o muerto», «Si el whisky no te arruina, las mujeres lo harán», «Pobre tahúr», su versión de «Viva Las Vegas» o su tema homónimo. Un recital magnífico, impecablemente ejecutado, aunque, como era lógico debido a las limitaciones de tiempo, quedaron fuera auténticas obras maestras de su repertorio.

El siguiente en salir fue el antiguo cantante de Danza Invisible, Javier Ojeda, acompañado por una banda de cinco músicos y con un estado vocal envidiable. Su pop-rock sigue conservando plena vigencia y su actuación se sustentó principalmente en el repertorio de su célebre grupo, comenzando con su versión del tema de Van Morrison «A este lado de la carretera». El malagueño derrochó simpatía, bajó del escenario para cantar «Sabor de amor» entre el público y confesó con orgullo ser hijo adoptivo de Jerez de la Frontera. Finalizó con «El fin del verano», aunque antes dejó momentos para el recuerdo con «Yolanda», la versión del clásico de Pablo Milanés, además de «Un trabajo muy duro», «Diez razones para vivir» y «Frío en mi corazón».

Y como colofón llegaron desde Granada La Guardia, presentando parte de su gira del cuarenta aniversario. Con Manuel España al frente, como guitarrista y voz principal, y acompañados por bajo, guitarra, sintetizador y batería, demostraron que también practican un country de marcada orientación pop. Es innegable que forman parte de la historia de la música española gracias a himnos inmortales como «Mil calles llevan hacia ti», «El mundo tras el cristal» o «Cuando brille el sol». Cerraron con «Donde nace el río», aunque antes sonaron temas como «La carretera» o «Vámonos», poniendo el broche de oro a una noche en la que, a buen seguro, los asistentes regresaron a casa satisfechos por lo vivido y rememorando aquella juventud que, parafraseando a Rubén Darío, se fue para no volver.


Archivo Fotográfico de Tío Pepe Festival – fatou.es.


