Wildwood: el bosque salvaje

La productora Laika se ha convertido por méritos propios en una de las más importantes de la animación moderna. Películas de culto filmadas con la técnica del stop motion, en las que además se arriesga con las historias y los guiones. Parece que siempre intentan primar la calidad sobre el rédito económico, por lo que cada estreno se convierte en un acontecimiento importante en la cartelera.

Y es que, desde su primer largometraje, Los mundos de Coraline, dirigido por Henry Selick (el de Pesadilla antes de Navidad) en 2009, tan solo habían rodado cuatro más: El alucinante mundo de Norman (2012), Los Boxtrolls (2014), Kubo y las dos cuerdas mágicas (2016) y Mr. Link: El origen perdido (2019). Como muestra de su calidad, todas ellas fueron nominadas en su momento al Óscar a la mejor película de animación.

Así que, tras siete años desde Mr. Link y con una producción que se ha prolongado durante quince años, nos llega su nueva y ambiciosa propuesta, Wildwood: El bosque salvaje, una epopeya de casi dos horas y cuarto que, por duración, recuerda a las obras más fastuosas de Hayao Miyazaki, como La princesa Mononoke, El castillo ambulante, El viaje de Chihiro o El chico y la garza. Con ellas comparte el amor por la naturaleza, la crítica al impacto bélico de los humanos sobre ella, la presencia de criaturas aladas y el gusto por el preciosismo en los planos y la banda sonora. Por un lado, tenemos los detallistas dibujos de Miyazaki y la música de Joe Hisaishi; por otro, en la película que nos ocupa, unos escenarios impresionantes, filmados además con maestría por Caleb Deschanel, y una partitura excelsa del gran Dario Marianelli.

Pero es que también posee múltiples aristas dentro de su alambicada trama, en la que una joven debe rescatar a su hermano pequeño de las garras de una pérfida bruja en el interior de un bosque secreto, poblado por humanos y animales parlantes. Una historia que nos conduce a terrenos oscuros y góticos, a lo Los mundos de Coraline, al paradigmático viaje de fantasía de Alicia en el país de las maravillas o a batallas que recuerdan a las de Braveheart o El señor de los anillos. Un caleidoscopio sin un público objetivo claro, pues su argumento pasa de momentos de cierta ingenuidad a otros de sangre y violencia desatada. De hecho, observamos cómo una parte de la sala (la de mayor edad) disfrutaba con lo que estaba viendo, mientras que otra, con menor capacidad para mantener la concentración durante un tiempo prolongado (la generación TikTok), se aburría y molestaba al resto. ¡Ojo!, no estoy hablando solo de los niños, sino también de sus madres, haciendo bueno el dicho «de tal palo, tal astilla».

Competente dirección la de Travis Knight, en su segundo trabajo con Laika tras Kubo y las dos cuerdas mágicas, y que este año también ha estrenado He-Man y los Masters del Universo. Una labor cimentada en una puesta en escena arrolladora y un eficaz montaje que consigue que su extenso metraje no aburra al espectador medio, pues, como escribimos poco más arriba, siempre existirá un público difícil, con nula capacidad de abstracción y, probablemente, pocas posibilidades de un futuro prometedor.

Y es que con Wildwood: El bosque salvaje estamos ante la que probablemente sea la película más importante, en cuanto a trascendencia, dentro del stop motion, con muchas más virtudes que defectos, aunque sigamos prefiriendo Los mundos de Coraline como la mejor cinta del estudio. Lo que parece casi seguro es que conseguirá una nominación al Óscar y veremos si, por fin, Laika obtiene su ansiada estatuilla, teniendo en cuenta las últimas premiadas: Las guerreras K-Pop, Flow: Un mundo que salvar, El chico y la garza o el Pinocho de Guillermo del Toro.