Verity. La sombra de un engaño

De la mano de un gigante como Amazon —que, recordemos, compró una major de la importancia de MGM— nos llega este thriller que intenta reventar las taquillas de medio mundo aunando intriga con toques de erotismo.

Su principal reclamo es su trío protagonista y una historia que en los últimos tiempos parece funcionar, a tenor del éxito de La asistenta, best seller llevado al cine la pasada temporada. Verity: La sombra de un engaño también se basa en otra novela superventas, en este caso de Colleen Hoover, trasladada a la gran pantalla por un especialista en oscuros misterios como Nick Antosca. El problema es la sensación de haberlo visto todo antes, lo que provoca que el espectador esté esperando continuamente el giro argumental, que en este caso resulta esperpéntico.

Académica dirección la de Michael Showalter, que tampoco termina de funcionar ni en el suspense ni en las tórridas escenas. Parece claro que ni la anteriormente mencionada La asistenta ni esta poseen la envergadura en la puesta en escena del ejemplo paradigmático de este tipo de producciones, que sería Perdida, donde sí se notaba la mano de un autor como David Fincher.

Tampoco sus protagonistas se lucen en exceso, pues no brilla Anne Hathaway —más aún en un año en el que ha estrenado la segunda parte de El diablo viste de Prada— ni Dakota Johnson, con una interpretación similar a la de la trilogía Cincuenta sombras de Grey, otra de las producciones con las que encontramos coincidencias. En el apartado masculino tenemos a Josh Hartnett, con un papel que recuerda al de La trampa, de Shyamalan. Los tres llevan el peso de una historia con pocas sorpresas, bastante tediosa y que avanza a trompicones hasta su delirante desenlace.

Sí es cierto que el aspecto técnico está cuidado, como no podía ser de otra manera en una producción de este calibre, aunque el grueso de la trama transcurra en una lujosa casa alejada de la civilización, con una fotografía de luces frías y una eficaz banda sonora de Volker Bertelmann.

Parece claro que Verity no pasará a la historia de este subgénero, cuyos mayores exponentes serían la anteriormente citada Perdida o la excelente Misery, de Rob Reiner, una de las mejores adaptaciones cinematográficas de una novela de Stephen King.

Y es que aquí todo es previsible, en la línea de estos tiempos que nos han tocado vivir. Un producto mediocre, inferior a La asistenta —y eso que la cinta de Paul Feig tampoco era nada del otro mundo— o a la superior, aunque infravalorada, La mujer en la ventana, de Joe Wright, e incluso a La chica del tren. Observo que todos estos títulos se apoyan en buena medida en la repercusión de sus conocidas actrices, por lo que a buen seguro habrá más largometrajes similares en un futuro próximo. Esperemos que mejores.