La invitación no es solo un remake de Sentimental. Es una demostración de cómo, con los mismos mimbres, se puede acabar realizando una película completamente distinta. Dos formas diferentes de enfocar una misma trama debido a los condicionantes estéticos, presupuestarios o morales que giran alrededor de la historia.


El original era una obra de teatro de Cesc Gay, llevada a la gran pantalla por él mismo, en la que dos parejas vecinas se reúnen para cenar en casa de una de ellas, poniendo de manifiesto sus diferentes formas de entender las relaciones. Una es un matrimonio que ya no tiene nada que decirse, salvo reproches, mientras que la otra lleva menos tiempo unida, pero ha decidido abrir su convivencia a las relaciones sexuales con otras personas. Esa invitación acaba convirtiéndose en un ejercicio de cinismo en el que todos intentan ocultar sus miserias.
La diferencia entre el guion de Cesc Gay y el de Rashida Jones y Will McCormack es brutal, sobre todo en el personaje central (Javier Cámara en una y Seth Rogen en esta). El primero es un sarcástico hastiado que paga su frustración con todo lo que le rodea, mientras que en La invitación sigue siendo un ser patético, pero más digno de lástima. También difieren las formas, pues La invitación es menos cruel que Sentimental, transitando en más de un momento por los cauces de la comedia dramática de tono romántico, sobre todo en la catarsis final, que aporta un desenlace más optimista y positivo. Misma obra, distintos enfoques.
Otro de los aciertos reside en la dirección de Olivia Wilde, cada vez mejor realizadora, que no se limita a crear teatro filmado, a pesar de que la película transcurre en un único escenario y está protagonizada por cuatro personajes. Wilde intenta aportar un ritmo estrictamente cinematográfico, sin abusar del plano-contraplano. Algo complejo que nos recuerda a lo ofrecido por Polanski en Un dios salvaje, basada en la obra de Yasmina Reza.
Diálogos ágiles y rápidos, a lo Woody Allen, y un cuarteto que funciona a la perfección, pues todos están estupendos, tanto en la parte masculina, con el antes mencionado Seth Rogen y Edward Norton, como en la femenina, con la propia Olivia Wilde y Penélope Cruz.
Entre todos consiguen que La invitación iguale o supere el material original, lo cual no es sencillo y demuestra lo capital que resulta la visión del director como principal responsable de aquello que se quiere contar. Olivia Wilde ha decidido ofrecer un filme más amable que su predecesor, pero eso no significa que sea peor. Y es que, en estos tiempos en los que parece que lo único que prima es la réplica inmediata —lo que ahora se llama «zasca»— que nos sitúe por encima del interlocutor, también existe la posibilidad de la empatía, de llegar a acuerdos o de aceptar que no siempre tenemos razón a toda costa. Quizás los personajes de La invitación tengan alguna posibilidad de mejorar sus vidas, algo que para los de Sentimental parecía imposible. Y es que la humillación constante de las opiniones ajenas que no nos gustan suele ser denominador común de la inmadurez o de muchas frustraciones reprimidas, como se puede observar en La invitación o en esta existencia cada vez más polarizada que nos ha tocado vivir.



