Hay noches que no son las mejores de una banda y que, aun así, dejan momentos que merecen mucho la pena. La del domingo en la Sala Oasis fue una de ellas.
El concierto, organizado por La Lata de Bombillas, llevaba a Zaragoza a Mercury Rev dentro de la gira que celebra los 25 años del fascinante All Is Dream, con Sandy Bell como invitada. Sobre el papel, un cartel para paladares curiosos y exquisitos. En la práctica, la sala no llegó a llenarse. La música es para las masas, la sutileza no.

La sorpresa de la noche llegó pronto. Sandy Bell ofreció un set de ese folk oscuro y evocador con ecos de Kate Bush o Joanna Newsom, y estuvo afinadísima de principio a fin. Sin red, sin artificios, con una voz que lo sostenía todo. Pero lo verdaderamente extraordinario fue lo que consiguió en la sala: un silencio sepulcral, algo casi imposible hoy en día. No hubo conversaciones de fondo ni el típico colega que va a los conciertos a contarte su aburrida vida al oído. Durante lo que duró su actuación, la Oasis pareció un templo. Se oía respirar al público, y eso, en estos tiempos, es una pequeña hazaña. Increíble, la telonera hizo lo más difícil: detener el tiempo,

Tras ella llegaron Mercury Rev. Ambos comparten esa querencia por lo etéreo, lo difícil de definir, lo que flota entre el sueño y la psicodelia. Es la gran virtud de los de Buffalo desde hace más de tres décadas. El sonido fue mejorable: según se percibía desde las primeras filas, la voz de Jonathan Donahue se percibía con cierta timidez, y la guitarra de Grasshopper se oía menos de lo que la guitarra de Grasshopper merece, lo cual puede ser un problema serio en una música que vive de las capas y los matices. Tengo la impresión de que, más atrás en la sala, la mezcla resultaba bastante más amable. Sobre el escenario, Donahue (que ahora cuenta con su pareja, Marion Genser, como teclista) se subía a la batería y parecía por momentos un pájaro que con sus alas iba dando instrucciones a la banda. Eso sí, estuvo a años luz de la locuacidad de otras veces: ni agradecimientos entre canción y canción ni esas largas disertaciones de su anterior visita allá por 2018.
La banda salió a cumplir y cumplió. La magia de sus canciones estaba ahí aunque quizás no fue su noche más inspirada. Tampoco hay que olvidar que llevan treinta y cinco años dando guerra y que a estas alturas ya no tienen nada que demostrar. Mención aparte merece el genial batería, Joe Magistro, un auténtico maestro. Preciso, elegante y sutil, fue el sostén que mantuvo en pie el concierto. E incluso lo hizo levitar. Si alguien brilló entre los de Buffalo, fue él. Oír para creer.
El ánimo del público se levantó notablemente con «Holes», «Goddess on a Hiway», «The Funny Bird», «Tides of the Moon» o esa joya que es «The Dark Is Rising». Fueron los momentos en los que Mercury Rev nos abofetearon en la cara para recordarnos por qué siguen teniendo un lugar propio en el rock de las últimas décadas.


